Sobre el lenguaje y la cultura Miércoles, Jun 24 2009 

Is this a boon so kindly given?

Lord Byron

Tomando como presupuesto que el lenguaje es una creación de las comunidades, civilizadas o precarias, significa que estamos asumiendo una visión actual del lenguaje y de la cultura. O bien reciente, según estudios sociológicos y lingüísticos, sin mencionar las demás áreas que se integran para alcanzar aquel concepto; y estudios llevados a cabo en uno u otro momento de la historia. También este supuesto según la teoría que la ha propuesto en esos términos. Sin embargo, resulta posible expresar esta verdad -el lenguaje es un uso social nacido de la interacción, con lo cual se define la cultura- desde otras épocas, desde la concepción que otras culturas y tiempos han tenido, su concepción natal que define sus propias civilizaciones. En éstas, el concepto no era el mismo en modo alguno, sino que estaba sujeto a las veleidades de sus situaciones y destinos particulares. Quiero decir que también ellos concebían el lenguaje como fruto de las relaciones humanas, pero daban un fin y un origen distinto, todo según una concepción del mundo que les era inequívoca. Según la manera como los hombres de las sucesivas épocas concibieron el lenguaje, con sus matices e imaginaciones, éste dictaba así mismo unas directrices que condicionaban el entendimiento del mundo que habitaban (y también esta sabiduría estaba a la mano de uno u otro privilegiado, según el momento y la latitud).

Estas concepciones poseen una justificación desde la época misma en que se gestaron, según la idea que tenían aquellos hombres del mundo y de su ser. Y si bien es cierto que esta concepción de que el lenguaje surge con el contacto de dos hombres –casi como si fueran dos animales que se unen para sobrellevar el mundo-, inevitablemente estaremos afirmándolo desde la perspectiva de nuestra época, cuando el concepto se ha integrado a la concepción general y es nuestro común modo de entenderlo; y esta perspectiva, condicionada por su propio ideal del hombre y del mundo y por los misterios en que el ideal se ha generado, difiere también de las concepciones que antes de nuestro siglo se tenían, de las reglas de las perspectivas del pasado y del futuro que su propio modo de convivir les dictaba; de manera que estamos aproximándonos a las épocas pasadas con cierto orgullo o privilegio –ayudado en su mayor parte por el afán de informarse acerca del pasado, quiero decir la acumulación de datos-, como si nuestra concepción permitiera comprender a cabalidad otras tantas que se sucedieron y que en su momento fueron dogmáticas e ineludibles –también esto último lo ha dado por sentado la historia-. Pero esto no es para preocuparse, pues sucede no sólo con el concepto de lenguaje, sino también en toda la creación humana: las guerras y el arte tendrán proposiciones distintas para el futuro, para las mentes que se aproximan al pasado con ánimo de comprender el presente; y también según quien lo mire y bajo las circunstancias en que este acto simple de observación suceda.

(La nuestra es quizá una época de gran estudio, pero éste encaminado según un ideal científico que ha prosperado debido a la constitución de las civilizaciones, según los eventos a los cuales se ha sometido el colectivo, y a los nuevos avances. Cada época concibe un modo de estudiar el pasado, de entenderlo, así como el de expandir su presente con ánimos de preservarse. O quizá no tan estudiosa como Siglo de las Luces, o el decimonónico español, caro a la gramática y la historia; quizá menos aún que la era de Alfonso XII, el llamado Sabio, al formar su escuela de traducción para que el mundo conociera las creaciones y las preservaran; mucho menos que la era clásica, o la era de Alejandría. Estas épocas de estudio, según la visión que tenemos de ellas, fueron un ir y venir de situaciones que desembocaron en otras, sin ley ni orden, como la crecida de un río que busca propagarse; hasta llegarse al presente, que es tan concreto y a la vez tan huidizo, que sucede ante nuestros ojos sin que podamos visualizarlo.)

De modo que, según la forma de convivencia de las distintas comunidades de los hombres, según el uso que le daban a su lenguaje, según la manera como concebían el mundo, éste lenguaje suyo poseía un ideal distinto: un momento de aparición único y una justificación distinta; también una finalidad distinta. Todo ello, cultura y lenguaje, se explican y a la vez se justifican a sí mismos; pero, ¿es acaso tan sólo una figuración nuestra la que entendemos sobre un tiempo pasado, y que damos por sentada y que justificamos con nuestra visión de las cosas, dándola por certera y apropiada? ¿Excluimos con esto una posible concepción futura, que cambiará inevitablemente cuando nuestro ideal del mundo y nuestra cultura cambien; cuando el lenguaje cambie?

La comprensión del lenguaje que tenían los antiguos judeocristianos, sucedía desde la creencia en un Dios creador. Después de Babel, al sucederse la ruptura de su unidad, distintos idiomas hicieron su aparición, como los destellos o manifestaciones últimas de aquel lenguaje pretérito y de Dios, que encerraban en sí el misterio y la magia de la creación; las palabras, con su carga primigenia, tal como fueron antes de Babel, crearon el mundo bajo el comando verbal de aquel Dios, proceso reiterado con la llegada del primer hombre quien debía nombrar cada cosa que veía para que éstas comenzaran a existir; y se sucedían las maravillas, unas tras otras, a medida que Adán descubría el paraíso, como si fuesen el rito máximo de iniciación a la deidad.

Los griegos, la gran era del hombre, parecieron descansar un poco menos, pues la búsqueda de aquel lenguaje superior fue su desvelo máximo, entendido desde la Naturaleza personificada a la cual le eran atribuidas las pasiones humanas que ellos concibieron como las más altas y privilegiadas –o quizá no tanto, también hubo allí pasiones abyectas-. Su búsqueda se situó en un momento de prosperidad, luego de las Guerras Médicas, y como centro de un mundo habitado por bárbaros (esto en su sentido nacionalista, por supuesto, no sería atinado juzgar la cultura china o hindú como bárbara, en la acepción que conocemos). La expresión de la verbosidad de aquel lenguaje, dio sus frutos en una amplia gama de saberes. Su enumeración es inútil. Interesa, tanto como los resultados de su trabajo, los ideales que los impelían y la justificación del mundo, del cual se sentían herederos y privilegiados. Por lo pronto nos ocupa su concepción del lenguaje, y sabiendo que poco habré de concluir con ello sin antes esclarecer otro término, daré paso a una relación directa entre la definición del lenguaje con otro también un poco misterioso y omnipresente, el del fuego. Esta teoría ha parecido “interesante” al psicoanálisis, que no la descarta pero que tampoco ahonda en ella, por parecérsele en grado sumo “fantástica”. Hago su citación en este punto, pues contrasta con dos aspectos propios de la cultura griega: el fuego, el modo en que fue dado a los hombres y cuya metáfora es la tragedia de Prometeo, y la homosexualidad. Dice la nota al pie de página, en la obra “El malestar en la cultura”, capítulo tercero, a cerca de la dominación del fuego por parte del hombre: “El hombre primitivo habría tomado la costumbre de satisfacer en el fuego un placer infantil”, asumiendo la simbología de la llama serpentina y enhiesta; algunos autores citaron este hábito, “algo así como un acto sexual realizado con un hombre, un goce de la potencia masculina en contienda homosexual”. Obsérvese que el fuego aparece como un elemento común en los hombres de aquella precaria época, como si existiera sin un uso, llamémoslo óptimo, de tal fuerza; quizá lo mismo sucedía con el lenguaje, que era usado poco menos que para lo necesario. Continúa la nota, “el primer hombre que renunció a este placer, respetando el fuego, pudo llevárselo consigo y someterlo a su servicio. Al amortiguar así el fuego de su propia excitación sexual, logró dominar la fuerza elemental de la llama”. Si continuamos con la analogía fuego-lenguaje, este pasaje arroja luces sobre el sometimiento del hombre en su calidad instintiva, quien ya desde entonces poseía placeres y noción de ellos, pero con los cuales no construía nada útil, no lo aprovechaba o no estaba a su servicio; al someter su propio instinto, toma de él la sustancia esencial de su fuerza y le da un uso vital: “Esta grandiosa conquista cultural representaría, pues, la recompensa por una renuncia instintiva. Además, se habría encomendado a la mujer el cuidado del fuego aprisionado en el hogar, pues su constitución anatómica le impide ceder a la placentera tentación de extinguirlo”.

(También la filosofía del Tao hace hincapié en la necesidad fundamental en el hombre de no desperdiciar su potencia masculina, y dedicar sus fuerzas a la satisfacción de la mujer, que por naturaleza es insaciable. Sin embargo, la teoría de Freud asume que “la sabiduría oriental”, al contrario de lo aquí planteado –aunque sin excluir o contradecir su nota al pié-, “trata de dominar las mismas fuentes internas de nuestras necesidades, consiguiéndolo en grado extremo al aniquilar los instintos.” De esa manera, “lograrlo significa al mismo tiempo abandonar toda actividad (sacrificar la vida), para volver a ganar, aunque por distinto camino, únicamente la felicidad del reposo absoluto.”)

Bien sabemos que la cultura griega permitía el contacto con la belleza, preferiblemente de los hombres –también a DaVinci le era más interesante el cuerpo masculino, pues le generaba mayores problemas a la hora de la pintura y el cincelado-; o al menos concebía el mundo desde su bisexualidad. También Hipólito Taine, en su “Filosofía del Arte”, pone de manifiesto la comunión sexual entre hombres durante el Renacimiento, relacionándolo con la era clásica: aquella antigua civilización dio los más grandes frutos debido a la aceptación de su bisexualidad, pero luego de ello ésta fue prohibida, y el mundo cambió significativamente. Poco lo discute sin embargo.

Así pues, el fin de tal sometimiento instintivo permitió la llegada del hogar, y lo que esto presupone. El valor del sentido de sociedad, no ya desde una base individual donde cada uno acumulaba y derrochaba por su propia cuenta, cambió por un sentido de unidad distinto, que abarcaba la preservación de la especie y el mutuo acuerdo para relacionarse. Este es un punto de partida para otro análisis que, según Steiner, condiciona la diferencia entre el lenguaje de las mujeres y aquel de los hombres, en cuanto a la función que tienen con respecto a esa fuerza sometida y comúnmente utilizada. Aquí se llega entonces a la confluencia de distintas corrientes a lo largo de los siglos, en distintas culturas, en un mismo punto esencial: la constitución de la pareja, la comunión de ambos sexos. Ésto ha suscitado gran variedad de interpretaciones. Pero, ¿no es acaso este dominio y concentración de las fuerzas del hombre, en común acuerdo con la contención e insaciabilidad de la mujer, el germen de una nueva perspectiva? Sin duda alguna, un análisis o rastreo de las fuentes de la memoria y su necesidad por el recuerdo, de la necesidad que tienen las sociedades de un pasado, podrían esclarecer este punto más aún, aunque con las posibles variaciones y sutilezas metafísicas que cada cultura se incline a proponer.

¿Hay algo constante entre la concepción de cada cultura, de cómo surgió su lengua y de cómo yace constituida? Sin duda el contexto en que el término del fuego ha sido tratado aquí, apunta más hacia la constitución de la cultura, a la civilización propiamente; con respecto al lenguaje, el fuego sería una metáfora que evocaría la fuerza interna del humano, que poseía tenía inerte en su precariedad, y que ha logrado someter, casi como una ventura o bendición -y como condena para quien lo hubo otorgado-. Con respecto al contraste con otros tiempos y civilizaciones, hablaríamos entonces de aquel individuo que halla placeres y sufrimientos en idénticas situaciones que aquel otro de un futuro que él no concibe –por estar lejos en el tiempo y constituido en otra cultura, en otra manera de concebir la comunidad, el ser y el mundo-, pero que nosotros vemos gracias a nuestra supuesta perspectiva privilegiada. Los conceptos de cultura, tiempo y lenguaje, de cómo el lenguaje se nutre y define aquellos sufrimientos y satisfacciones, muestran que no sólo son distintos de los que nos acosan y exaltan en nuestro huidizo presente, sino que demarcan el destino de los hombres del porvenir -a los cuales el presente otorga facultades inimaginables-. La discusión apuntaría también a analizar si las concepciones de los que nos precedieron poseen aún validez, o si correspondieron un momento y luego dejaron de tener lugar, porque sus culturas desaparecieron o porque otra definición suplantó la que poseían, y que por tanto nos son por completo inútiles. O mejor, ¿tiene importancia definir la procedencia, la justificación y el fin del lenguaje, como medio fundamental para entender nuestro momento de la historia?

BILBIOGRAFÍA • “El Malestar en la cultura”. Sigmund Freud. Obras Completas. Tomo III. Biblioteca Nueva. Madrid 1979. • “Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción”. George Steiner. Fondo de Cultura Económica. México 2005. • “Selected Poetry”. Lord Byron. Oxford World´s Classics. Oxford University Press 1994.

La Música del Azar, de Paul Auster Domingo, Mar 8 2009 

Con respecto al temperamento de Nash: reacciona con displicencia y resignación frente a la vida: es un hombre que conoce sus debilidades. También sus miedos y sus límites. Su idea de la vida es clara, y actúa en consecuencia a ella. Sin embargo, inicia su travesía por los caminos, como una alegoría de la iniciación mística; sin duda, esta significación lo perturba, poniéndolo fuera de sí; y desde entonces, a lo largo de todo el libro, se sucede en el personaje Nash una noción de cambio. Desde que inicia la travesía, todo el engranaje de su vida ha cambiado. Todo por un golpe inesperado: ha recibido la herencia de su padre. Y los eventos suceden de esta manera durante toda la novela: el encuentro con Jack Pozzi, las decepciones amorosas, los encuentros en sociedad. También el resto de los personajes reciben sacudidas inesperadas que cambian el rumbo de sus destinos. Es como si hubiera una filigrana sutil que todo lo mueve, lo condiciona y lo domina. (Además, este elemento esencial, el azar, se repite en símbolos claros: el juego y la concepción de las vías.)

A esta iniciación a la carretera ha llegado el personaje por una razón sutil: podía y le entró en gana hacerlo. Cuando está próxima a acabarse su experiencia conoce a Jackpot, y éste le vislumbra una posibilidad de seguir permaneciendo en aquel estado de libertad absoluta. Es un juego de azar, donde cada situación nace, se desarrolla y finaliza según un antojo súbito e irrevocable, y que no es otra cosa que una música inesperada, que se sucede despacio. Digamos que es esta música del azar de las carreteras lo que inicialmente seduce a Nash. El poder hacer una cosa nos otorga el poder sobre esa cosa, su elección o su negación, su posible ventura o destrucción póstuma; o como lo dice él mismo, con respecto al dinero: “La verdadera ventaja del dinero no era poder comprar cosas: era el hecho de que le había permitido dejar de pensar en él de nuevo”. Tomar el volante y decidir continuar el camino, no parar, no detenerse, no llegar a ningún lado tampoco ni planear con vistas largas, todo consiste en el placer de ver sucederse el mundo y deshacerse el tiempo. En “La Náusea”, Sartre realiza una descripción de la música durante una melodía de jazz, y la define como una sucesión; el narrador explica que el logro artístico allí consiste tanto en crear notas y disponerlas, como también a destruirlas; necesitar del crear y del morir para que la música pueda suceder; una cadena de sacrificios que apuntan a una constitución mayor. Y muchas veces es un propósito vago o ficticio (como la literatura, y todo gran arte) al que yace sometido tal propósito de “constitución mayor”. Para Jim Nash, el propósito es el azar. Y todo lo somete a ello. Su temperamento desdeñoso y displicente frente a la vida es un reflejo de la idea de mundo que tiene, confirmada y confrontada a lo largo de cada situación; Nash es el único personaje que está, como dirían los nobles, “a la altura de las circunstancias”. (Recuerdo esta actuación cinematográfica, en Matchpoint de Woody Allen, el protagonista es un Raskolnikov moderno, de temple y decisión, siempre en dominio de sí mismo, resolviendo las situaciones con certeza y “con altura”.)

En su libro “Pista de Despegue”, dice Auster, a propósito de Kafka: “Se dirige a la tierra prometida: va de un sitio a otro y sueña constantemente con detenerse”. Y más adelante: “No va a ninguna parte y sin embargo siempre está en movimiento”. En aquel cincuentenario de su muerte, en 1974, habla de Kafta en términos de una infinitud que crece en su interior creador, eternamente, mientras él continúa su camino a través del mundo. Se trata de una luz que emana de su interior, ya que el mundo que lo rodea es limitado y no le ofrece ninguna posibilidad; no hay entre Kafka y su mundo una posibilidad de conciliación, todo para él es lejano, tortuoso, difícil. Las vías del pensamiento y la imaginación las extiende hasta la lejanía de lo utópico. Todo se subyuga a una avenida larga que es preciso recorrer, y que se recorre sin posibilidad de detenerse. Entonces es el deseo de detenerse en algún lugar, sin poder hacerlo nunca, -quizá sólo al final de la existencia a la llegada de la parca muerte, y ni eso es certero-. Kafka habla de un hombre incapaz de echar raíces, exiliado de su propio cuerpo, que vive la contradicción de “aspirar a aquello que se ha negado a sí mismo, porque entrar en la tierra prometida es renunciar a acercarse a ella”. Es una contradicción permanente y esencial en el hombre que imaginó Kafka para la época que le daría renombre. “Y a medida que continúa, entre un paso y otro, sólo se encuentra a sí mismo. Pero ni siquiera a sí mismo, sino a la sombra en que se convertirá”. “Pero entre sombra y sombra vive la luz; no cualquier luz, sino esta luz, la que crece en su interior, eternamente, mientras él sigue su camino”[1].

Y parecería que Jim Nash encarna facetas de este Kafka, tal como nos lo muestra Auster. Pero no lo detiene allí, es preciso que el personaje atraviese por lo que se ha llamado la “novela de la carretera” y se interne en los laberintos del pensamiento, las contradicciones, la literatura gótica como la plantean Kafka y Beckett. Simbólicamente el azar se ha manifestado para el personaje, pero su condición particular lo ha llevado a circunstancias que no imaginó en un principio. El azar le sonríe, y se lanza a la carretera “como un animal enloquecido, corriendo ciegamente de ninguna parte a ninguna parte, pero por muchos propósitos de parar que se hiciera, no era capaz de cumplirlos”. Luego llega un acto, simbólico también, donde Nash se desprende de sí mismo, quema o destruye la imagen que persiste en los objetos que le pertenecieron: “Se sentía como un hombre que finalmente ha reunido el valor necesario para meterse una bala en la cabeza, sólo que en este caso la bala no significaba la muerte, sino la vida, era la explosión que desencadena el nacimiento de nuevos mundos”. Y de nuevo a la música, a sus interpretaciones de piano durante la niñez: “Siempre tenía un efecto calmante sobre él, como si la música le ayudara a ver el mundo más claramente, a comprender cuál era su lugar en el orden visible de las cosas”. La vía le permite sumirse en la soledad de sus pensamientos y a estar en completa posesión de su vida. También Donna, una amante, comparte una idea de libertad cuando le dice “Por eso voy a esperar a que vuelvas a aparecer. Porque soy libre de hacer el imbécil”. Jackpot tiene también una idea de la vida que se corresponde con un azar múltiple y generoso: “Sí. Puede que tuviera buena suerte, después de todo. Ahora tengo la oportunidad de ver cuántas cosas absurdas más pueden pasarme”.

Y esta noción de azar que plantea la novela, se reafirma desde el encarcelamiento en la mansión y durante la construcción del muro (otra alegoría Kafkiana, la Muralla China que según Borges no era más que el zócalo para una nueva Torre de Babel). El verse sometido y subyugado a los intereses ajenos constituye una experiencia también reveladora para ambos personajes, puesto que ambos han conocido la libertad o al menos han planteado sus existencias según este precepto (por supuesto Nash más recientemente) y ven cómo desaparece ésta y se le transpone una cárcel, sin salida posible y domesticados con engaños y vacíos de tiempo. Pareciera que el tiempo y el dinero cumplen el mismo papel en la novela, como un mismo valor con respecto al tiempo; pero no con respecto al espacio, puesto que ellos también lo han tenido en abundancia y ahora sufren por su carencia. Todo ello, tiempo y espacio, están sometidos a un azar caprichoso, y este azar a su vez apunta hacia un lugar que no es posible evadir. Tal como en los personajes de Kafka, el personaje extrae la luz desde sí mismo, ya que desde afuera lo oprimen, lo subyugan. Pero, a diferencia de Kafka, Nash posee noción de cambio; y ha tenido la posibilidad de pensarse a través de su experiencia. Él quizá ha sometido finalmente al azar, al dejarse ir, al darlo por descontado.


[1] Pista de despegue. Auster, Paul. Anagrama. Barcelona, 1998.

Sobre 13.99 euros, de Fredèric Beigbeder Martes, Feb 3 2009 

 

La vida transcurre así: naces, mueres,

y entre lo uno y lo otro tienes dolor de tripa.

 

 

Al parecer, con Beigbeder todo está dicho. Según Shakespeare, en su Cimbelino, debemos “brindarnos a la época tal como nos ansía”; entonces Beigbeder se brinda a la época como ésta espera que la ansiemos: con ánimos de aburrimiento. Aunque nos horroriza, “no existe nada más constructivo y saludable que una buena dosis cotidiana de tiempo muerto, de instantes mortalmente aburridos, de muermo intenso, solo o en compañía.” Eso significa que el resto tiene un valor mínimo, como mucho, o no importa en medida alguna. Según esto, nuestra época consiste en una multitud de posibilidades ficticias, de deseos vacíos, como una obra de teatro cuya parafernalia está dispuesta con todo lo que puede desear el director más exigente, con toda la decoración que cada persona pueda desear para llevar a cabo sus más íntimos deseos, pero sin una obra o acción que se lleve a cabo, que pueda entretener o turbar o confrontar o divertir o producir placer, o simplemente dispersar. No hablemos aún de los propósitos de esa obra. Todo parece dispuesto sobre un marco azaroso, según el capricho de una minoría de personajes que están sometidos a los mismos impulsos que el resto, pero que cumplen el papel de actuar por la mayoría, de recitar un papel que le ha correspondido por simple azar. O mejor, sin duda alguna, 13,99 euros lo ha dicho todo sobre nuestra época: un iconoclasta que, en su aburrimiento de lo mejor, en su cansancio por la flor de las cosas, ha decidido dejarse ir por la confesión para abrazar el perdón de sí mismo. Y de esa manera alcanzar la liberación, como bien lo expresa Beigbeder en multitud de ocasiones.

Con respecto a la vulgaridad en la prosa de la novela: nuestra época lo permite. Las maneras se preservan sólo para los tratos especiales, y para las clases altas. Quizá la llamada intelectualidad preserva un poco sus formas de expresión; sin embargo la gran mayoría utiliza el idioma sin rigor y con plena libertad. Las clases medias no alcanzan la expresión decente y las clases bajas se escudan en lingos y parlaches. No es de extrañar entonces que la primera enmienda de la constitución Norteamericana sea precisamente la libertad de usar la expresión para manifestarse, sin imposiciones en contra; una democracia del idioma que sólo ha servido para que la población satisfaga sus íntimos deseos de manifestarse, de la manera que se le antoje, sin el altruismo que este hecho presupone para el trato entre las personas, para la convivencia entre seres pensantes.

Lo visual también ha llegado a ser de altísima elocuencia: basta observar el número de carteles promocionales, telenovelas, noticieros, para argumentar este punto: piernas desnudas para las trivialidades del espectáculo, poses de sexualidad perversa para vender ropa y, punto de paradoja intelectual, los héroes, que para Carlyle habrían significado la constitución de los ideales de épocas mejores, son ahora merecedores de una cerveza, bien sean albañiles u operadores telefónicos.

Y con respecto al ideal del cuerpo: otros tiempos más venturosos lo cultivaron, lo llevaron al límite de la exaltación y lo ubicaron por encima de las demás instituciones humanas. Si bien los griegos tomaron el gimnasio como escuela del joven ciudadano, y si bien los renacentistas lo propagaron como expresión del alma misma que se manifestaba a través del cuerpo, nuestra época lo toma como un estandarte del modelo a seguir, pero no con ánimos de veneración a una deidad que se place con ello o como expresión de su inteligencia y entendimiento del mundo, sino como fuente de ingreso para quien desea vender un líquido o un traje. Esto no quiere decir que, si al menos aquellos cuerpos canónicos tuviesen dentro de sí algún tipo de sabiduría o calidad, nuestra época sería una cumbre, como lo fue el renacimiento o el de Las Luces; y esto sucede de tal manera porque sus propósitos, los mejores y más altos propósitos, son vulgares. Y constantemente nos subyugamos a esa vulgaridad omnipresente; una y otra vez la época nos absorbe y, como nos nutrimos de ella y en ella convivimos, entonces podemos calificarnos de hombres vulgares, al servicio de propósitos vulgares. Y la sabiduría que estos cuerpos podrían albergar, está también viciada, si bien es la época misma la que nos la proporciona.

Pero, ¿quiénes nos llevan de la mano, como una madre que se presta a conducir al infante a lo largo de la travesía, a través de estos tiempos difíciles? Ya transcurrida la historia, damos fe certera de quiénes movían los hilos de las civilizaciones, de quiénes lideraban los pueblos, las condiciones en que lo hacían y los preceptos bajo los que comandaban; sabemos el papel de las religiones, del desarrollo de las ciencias, de la influencia de las modas y las vanidades; conocemos también las guerras, lo inventos, las revoluciones, los descubrimientos y las astucias de la inteligencia; conocemos la tragedia -la ocasional e imprevista, la preparada, la augurada-, los desastres, las miserias y las malas suertes. Conocemos el pasado, y según nuestro conocimiento proyectamos un futuro según las ansias y creencias de nuestro presente, de nuestro día a día huidizo, breve. No es de extrañarnos que también nuestro futuro esté manipulado, preconcebido, determinado. Aquellos mismos ojos que todo lo ven, los que nos observan y juzgan y guían, también han previsto nuestro fin, nuestra felicidad y nuestra desventura, como reemplazo del Dios que guió la Edad Media.

Y no hablamos de una cosa distinta a las instituciones del hombre, las instituciones que la humanidad ha edificado como sustento de su civilización. Si bien en la Edad Media la civilización estaba sometida a los rigores de la Iglesia, esto sucedía porque sus condiciones lo permitieron; su particular situación permitió que la Iglesia fuese el ideal de vida de los hombres de aquella época, igual a como sucediera en la India con su cosmogonía, con los judíos o musulmanes en su situación particular, o como los germanos o los griegos. Y estos ideales que sometían y gobernaban e impartían felicidad y juicio a los pueblos, estaban justificados y adheridos al espíritu de las gentes. Nuestra civilización, vista desde un futuro que haya esclarecido su pasado, nuestra época, será percibida como un modelo de influencia indirecta, donde los poderes se ejercen a distancia, con tentáculos infinitos e inatajables, desde una oficina lujosa o un apartamento con vista al mar.

Sin embargo la culpa no es de la época según Beigbeder, porque no somos el producto de una época: “No. Echarle la culpa a la época es demasiado fácil. Sois productos. Y punto. Ya que a la globalización no le interesaban las personas, teníais que convertiros en productos para que la sociedad se interesase por vosotros.” “Puestos a ser productos, os gustaría llevar un nombre impronunciable, complicado, difícil de memorizar, un nombre de droga dura, color caca, ser un ácido muy potente, capaz de disolver un diente en una hora, un líquido excesivamente azucarado, de gusto extraño, y, pese a todos estos evidentes defectos, seguir siendo la marca más conocida de la tierra. Os gustaría ser un botellín de Coca-Cola envenenada.”

Y según su opinión de la existencia humana, dice: “Que hayáis nacido unos años antes de un cambio de calendario no significa que tengáis que presumir de ello.”  

Después de esta lectura, salta a la vista que cada día son más crecientes los niveles de cosificación que ha alcanzado la civilización actual. Y lo que es más preocupante aún, todo apunta a un mayor deterioro debido a los imperativos sociales y económicos que la civilización nos trae, en esta época azarosa y desordenada.

Hipolito Taine o la escultura en Grecia Martes, Feb 3 2009 

NOTA PRELIMINAR

La escultura en Grecia fue el cuarto curso que Hipólito Taine dictó en la Escuela de Bellas Artes de París. Para ello Taine aplicó exhaustivamente su criterio naturalista: su prestigio indiscutible residió en el ordenamiento de esas ideas volantes, dispersas, en un sistema de rigurosa claridad, enriquecido por una ejemplificación abundantísima. Taine aplica el triple punto de vista de la raza, el medio y el momento histórico, con obstinación y perspectivas unilaterales. Con respecto al arte griego, “para considerar la obra, estamos más obligados que nunca a considerar el pueblo que la ha realizado, las costumbres que le han dado origen y el ambiente en que apareció”.

 

 

INTRODUCCIÓN

La griega fue la más grande y la más original de todas las escuelas y, para presentar ante los ojos el cuerpo humano, había en Grecia un arte más nacional, más adaptado a las costumbres y al espíritu público, probablemente más cultivado y perfecto: la escultura. Sin embargo, su estudio se ve oscurecido por la carencia de testimonios, pues la antigüedad no presenta más que ruinas: salvo algunos vasos y mosaicos y las pequeñas decoraciones murales de Pompeya y de Herculano, los monumentos de la pintura antigua han perecido; no es posible hablar de ella con datos exactos. Para deducir la apariencia de los dioses, sólo se precisan dos cabezas[1]; “no tenemos un solo trozo auténtico de Fidias; sólo conocemos a Mirón, Policleto, Praxiteles, Scopas, Lisipo, por copias y por imitaciones más o menos lejanas y dudosas”. Las estatuas que conocemos son generalmente de la época romana, y las mejores están mutiladas; además, se carece por completo de la biografía de los maestros.

    

La raza

Tratemos, primero, de representarnos de una manera exacta esta raza, y para ello estudiaremos el país, ya que los pueblos conservan siempre las marcas impresas por la comarca donde habitan. Los filólogos nos presentan una época primitiva en la que los indios, los persas, los germanos, los celtas, los latinos, los griegos, tenían la misma lengua y el mismo grado de cultura. Luego una época menos antigua, en la que los latinos y los griegos, ya separados de sus otros hermanos, estaban todavía unidos entre sí; “conocían el vino y la labranza, poseían barcas de remos, y habían agregado una nueva deidad: Hestia, Vesta, el hogar”. En este momento son pueblos bárbaros, y como dos ramas de un mismo tronco, comienzan a divergir; cuando volvemos a encontrarlas, su estructura y sus frutos son diferentes: una de ellas se desenvuelve en Italia y la otra en Grecia. Por tanto debemos analizar el ambiente que rodea la planta griega, “para indagar si el agua y el suelo que la han alimentado explican las particularidades de su forma y la dirección de su desarrollo”.

 

I

La descripción geográfica es precisa: dos penínsulas unidas por un pedúnculo, y un centenar de islas. Posee un clima que permite su desarrollo más pronto y más armoniosamente; el hombre no está abrumado o debilitado por el excesivo calor ni aterido y encogido por el rigor del frío. “No está condenado a la inercia soñadora ni a la actividad incesante; no se detiene en las contemplaciones místicas ni permanece en la barbarie brutal”. En Atenas los frutos crecen sin cultivo y no caen heladas más que cada veinte años; el gran calor del verano es moderado por las brisas del mar. Hasta los antiguos juzgaban que su clima era un don de los dioses. “Comparad un napolitano o un provenzal con un bretón; un holandés con un hindú; percibiréis cómo la dulzura y la moderación de la naturaleza física infunden al alma la vivacidad a la par que el equilibrio para llevar al espíritu, dispuesto y ágil, hacia el pensamiento y hacia la acción.”

     Además Grecia es también un país de costas, con lo cual impulsa a la vida marítima: dos días de navegación llevan de Creta a Cirene; no se necesitan más que tres para pasar de Creta a Egipto. Y estas mismas costumbres las poseían en tiempos de Homero: “en la época de Ulises, se dedican a comerciar y merodear en las costas vecinas. Negociantes, viajeros, piratas, corredores, aventureros; desde su origen y a través de su historia, han sido todo esto. Con mano hábil o fuerte iban a ordeñar las robustas monarquías orientales o los pueblos bárbaros de Occidente; traían oro, plata, marfil, esclavos, maderas de construcción, todas las mercancías de valor compradas a vil precio, y además de eso, los inventos y las ideas ajenas; de Egipto, de Fenicia, de Caldea, de Persia[2], de Etruria”. Sin duda alguna, esta forma de vivir refina y excita la inteligencia de forma singular. La prueba de ello está en que los pueblos más precoces, más civilizados, más ingeniosos de la antigua Grecia, eran todos marinos; jónicos del Asia Menor, colonos de la Magna Grecia, corintios, egeos, sisionenses, atenienses. Por lo contrario, los arcadios, encerrados en sus montañas, se conservan rústicos y sencillos; otros, en Acarnania, Epiro, Lócrida, y los etolianos, permanecen semibárbaros hasta el fin de la Grecia clásica; sólo tenían aldeas sin murallas, y no eran más que brutales merodeadores.

 

II

Ya consideremos la práctica o la especulación, siempre vemos manifestarse el espíritu sutil, sagaz, ingenioso. “Al principio de la civilización, cuando en todas partes el hombre es fogoso, ingenuo y brutal, uno de sus dos héroes es el sutil Ulises, el hombre prudente, precavido, astuto, fértil en expedientes e inagotable en mentiras; el hábil navegante que nunca descuida sus intereses”.

Y los griegos son dignos hijos de su padre Ulises. Una vez sometida Grecia, se ve aparecer al griego diletante, sofista, retórico, escriba, crítico, filósofo a sueldo. Al considerar su obra máxima, la ciencia, observamos que fue creada por ellos en virtud del mismo instinto y de las mismas necesidades. “El fenicio, que es comerciante, ha creado fórmulas aritméticas para llevar sus cuentas. El egipcio, agrimensor y picapedrero, inventa procedimientos geométricos para apilar los bloques y parar hallar nuevamente la medida de su campo inundado todos los años por el desborde del Nilo”. El griego recibe de ellos la técnica y los procedimientos, pero no le bastan; no se contenta con la aplicación industrial y comercial; es curioso, especulativo y quiere saber el porqué, la razón de las cosas; busca la prueba abstracta, sigue la sutil ilación de las ideas que conducen de un teorema a otro. “Desdoblar las ideas, establecer sus relaciones; gozarse en forjar, enlazar, multiplicar, verificarlas todas, sin más propósito que el deseo de ver aumentar su número y su infalibilidad, tal es el don particular del espíritu griego”. Hombres tan enamorados de las ideas, no podían dejar de amar las más bellas de todas: las ideas del conjunto. A sus ojos, dos ocupaciones distinguían al hombre del bruto y al griego del bárbaro: el cuidado de los asuntos públicos y el estudio de la filosofía. “Lo más notable es que encontraban placer en la dialéctica por sí sola; no les aburrían sus largos rodeos”. El griego es más razonador que metafísico o sabio; se complace en las distinciones delicadas, en los análisis sutiles; pule y afina hasta el punto de tejer verdaderas telas de araña con sus razonamientos. “El vicio nacional manifiesta así acabadamente el talento nacional. Grecia es la madre de los ergotistas, de los retóricos y de los sofistas; del arte de hacer aparecer como buena una mala causa, y de sostener con apariencia de verosimilitud una proposición absurda, por muy disparatada que fuese. La sutileza de los griegos hubiera encontrado límite a su campo, si no hubieran llevado sus razonamientos tanto al error como a la verdad. Tal sutileza de espíritu ha formado el gusto ático, el sentimiento de los matices, la gracia ligera, la ironía imperceptible, la sencillez en el estilo, la soltura en el discurso, la elegancia de la prueba”.

 

III

Este no es, sin embargo, más que el primer rasgo distintivo; hay otro. Volvamos al país y percibiremos el segundo. También en esta ocasión es la estructura física de la región la que ha impreso en la inteligencia de la raza este sello visible en su obra y en su historia. Las cosas exteriores no tienen dimensiones desproporcionadas ni pavorosas. “No se ve nada parecido al monstruoso Himalaya, a esas intrincadas marañas de exuberante vegetación, a esos enormes ríos que describen los poemas indios; tampoco hay nada análogo a los bosques interminables, a las llanuras ilimitadas, al Océano sin fin y salvaje de la Europa del Norte”. La vista percibe fácilmente la forma de los objetos y obtiene imágenes nítidas. Todo es aquí equilibrado, mesurado, fácil y claramente perceptible por los sentidos. “Imaginad ahora almas jóvenes y primitivas que por toda educación, y por educación incesante, tienen los espectáculos que acabamos de describir. Adquirirán por reflejo la costumbre de las imágenes precisas y claras y no sufrirán la vaga turbación del ensueño arrebatador, la ansiedad por adivinar el más allá”. Así se elabora el molde de un espíritu que sabrá más tarde dar relieve a todas las ideas. Múltiples circunstancias del suelo y del clima cooperan en esta obra.

En efecto, Grecia es un país bien pequeño, que parece menor aún si se considera que está muy dividido. Por un lado las cordilleras principales y las estribaciones, y por otro lado todas las islas. Los pueblos de Grecia pudieron entonces evitar fácilmente la conquista y mantenerse unos al lado de otros, como pequeños Estados independientes. Homero habla de unos treinta[3], que alcanzaron luego a varios cientos cuando las colonias se establecieron y multiplicaron. “Para el criterio moderno, un Estado griego aparece como una miniatura. Particularmente en las islas y las colonias, el Estado no es más que una ciudad con una playa o un circuito de huertas o granjas. Desde una acrópolis se ve a simple vista la acrópolis o las montañas del vecino. En un recinto tan limitado todo es claro para el espíritu; la patria moral no tiene nada de gigantesco, de abstracto ni de impreciso, como entre nosotros; los sentidos pueden abarcarla; se confunde con la patria física; ambas se han fijado en el espíritu del ciudadano con contornos bien definidos”.

A propósito de esta limitación, consideremos su religión; no tienen el sentimiento de ese universo infinito, en el que una generación, un pueblo, todo ser finito, por grande que sea, no significa más que un momento y un punto. “La eternidad no alza entre ellos su pirámide de millares de siglos, como una montaña monstruosa, a cuyo lado nuestra corta vida es sólo un grano de arena; no se preocupan como los indios, los egipcios, los semitas, los germanos, del círculo sin cesar renaciente de la metempsicosis, ni del sueño eterno y silencioso del sepulcro, ni del abismo sin fondo del que surgen las criaturas como efímeros vapores, ni del Dios único, absorbente y terrible, en quien se concentran todas las fuerzas de la Naturaleza y para quien el cielo y la tierra no son más que una tienda de campaña o una alfombra, ni de ese poder augusto, misterioso, invisible, que la veneración del corazón descubre a través de las cosas y más allá de lo conocido[4].”

Las ideas de los griegos son demasiado claras y están construidas sobre un módulo demasiado pequeño. Lo universal queda fuera de su órbita o sólo les alcanza a medias; no hacen de ello un dios, y menos aún una persona; sólo le asignan un segundo plano en su religión: es la Moira, el Asia, el Eimarmene; en otros términos, el destino de cada uno. “Nuestras ciencias lo admiten hoy, y la idea griega sobre el destino no es más que nuestro moderno concepto de las leyes naturales”. Todo está determinado: esto que afirman nuestras fórmulas fue presentido por sus adivinaciones. Cuando al primer despertar de la reflexión tratan de concebir el mundo, lo hacen a imagen de su espíritu. “Es el orden, el Kosmos, la armonía, una bella y regular disposición de las cosas, que subsisten y se transforman por sí mismas. Sus dioses pronto se convierten en hombres: tienen padres, hijos, genealogía, historia, vestiduras, palacios, un cuerpo semejante al nuestro; pueden sufrir, no son invulnerables; los más grandes, Zeus mismo, han tenido su advenimiento, y quizá vean un día el final de su reinado[5].” Dioses tan humanos no trastornan el espíritu que los ha concebido. Dioses que viven en cercano contacto con el hombre “pronto se convierten en sus camaradas, y más tarde, en su juguete. El espíritu tan claro, que para ponerlos a su alcance, los ha despojado de lo infinito y del misterio, reconoce en ellos a sus propias criaturas y se divierte con los mitos que su talento ha creado.”

Tal como los griegos concebían el Estado, éste resultaba demasiado pequeño, insuficiente para resistir el empuje de las grandes masas exteriores; “es una obra de arte ingeniosa, perfecta, pero frágil.” De modo que su caída no es accidental. Sin embargo, a estos inconvenientes corresponden otras tantas ventajas: “Es una acrópolis llena de templos, consagrados por los huesos de los héroes fundadores y por las imágenes de los dioses nacionales; un ágora, un teatro, un gimnasio, unos cuantos millares de hombres sobrios, hermosos, valientes y libres, ocupados en “la filosofía y los negocios públicos”, servidos por esclavos que cultivan la tierra y ejercen los oficios, tal es la ciudad que imaginan.”

En todas las otras naciones, la civilización ha roto el equilibrio natural de las facultades; ha oprimido las unas y exaltado las otras; ha sacrificado la vida presente a la vida futura, el hombre a la divinidad, el individuo al Estado, “ha producido el faquir indio, el funcionario egipcio o chino, el legista y el legionario romano, el monje de la Edad Media, el vasallo, el súbdito, el burgués de los tiempos modernos.” La estructura de su espíritu ha encerrado sus deseos y sus esfuerzos en un recinto limitado, alumbrado por el pleno sol, y en esta arena, tan iluminada y tan circunscripta como un estadio, los contemplaremos desarrollar toda su actividad.

 

IV

Recojamos la visión del conjunto. Es una tierra hermosa que predispone el alma a la alegría e inclina al hombre a considerar la vida como una fiesta. Parece que el invierno no existe en este país. El hombre no se ve obligado, como en los climas del Norte, a defenderse contra la inclemencia del cielo a fuerza de inventos complicados. No necesita construir salas de espectáculos ni decoraciones de ópera; no tiene más que mirar en torno suyo; la naturaleza se los suministra más hermosos que cuantos su arte pudiera crear. El hombre siempre sigue en su movimiento, el impulso que primeramente le imprime la naturaleza, pues las aptitudes y tendencias que establece definitivamente dentro de su ser, son justamente las aptitudes y tendencias que ella diariamente satisface. En esta disposición de espíritu el hombre está muy próximo a tomar la vida como una diversión. En manos del griego, las ideas y las instituciones más graves se vuelven rientes; sus dioses son “los dioses felices que no mueren”. Según Homero, el hombre feliz es el que “puede gozar de su juventud florida y llegar al umbral de la vejez”. Las ceremonias religiosas son un alegre banquete, en el cual los dioses están contentos porque reciben su porción de vino y de carne. Las fiestas más augustas son representaciones de ópera, los juegos gimnásticos forman parte del culto. “No imaginan que para honrar a los dioses haya que mortificarse, ayunar, rezar temblando, prosternarse llorando los pecados, sino que es preciso compartir su alegría, darles el espectáculo de los más hermosos cuerpos, adornar para ellos la ciudad, elevar al hombre hasta su altura divina, sacándole por un momento de su condición de mortal, con el concurso de todas las magnificencias que el arte y la poesía pueden reunir.” Lo mismo sucedió con la filosofía y la ciencia; sólo quisieron coger la flor de las cosas. En Grecia, la filosofía es una conversación; nace en los gimnasios, bajo los pórticos; “en las avenidas flanqueadas de plátanos el maestro habla mientras pasea, y sus discípulos le siguen.” En resumen, son unos especulativos a quienes gusta viajar por las cumbres y recorrer en tres pasos, como los dioses de Homero, una vasta y nueva región, abarcar el mundo entero de una sola mirada. La imaginación filosófica ha manejado las ideas y las hipótesis, como la imaginación mitológica manejaba las leyendas y los dioses. “Una distinción sutil, un análisis largo y delicado, un argumento capcioso y difícil de desentrañar, les atrae y retiene. Se divierten y pasan el tiempo con la dialéctica, las argucias y la paradoja, carecen de seriedad.” “¡Oh griegos! ¡Griegos! –decía a Solón un sacerdote egipcio-, sois unos niños”. Efectivamente, jugaron con la vida, con todas las cosas graves de la vida, con la religión y los dioses, con la política y el Estado, con la filosofía y la verdad.

 

V

“Precisamente por esa condición de su carácter han sido los artistas más grandes del mundo. Han tenido la encantadora libertad de espíritu, la superabundancia de alegría inventiva, la graciosa embriaguez de imaginación, sin otro fin que el de ejercer las facultades nuevas y plenas de vida, que de pronto ha sentido bullir en su interior.” Los tres rasgos principales que han sido destacados en su carácter son precisamente los que constituyen el alma y el talento de un artista: delicadeza de percepción, aptitud para advertir las relaciones sutiles y sentido de los matices. Necesidad de claridad, sentimiento de la medida, odio a lo indeterminado y a lo abstracto, desdén por lo monstruoso y enorme, gusto por los contornos definidos y precisos, todo eso le lleva a transmitir sus concepciones por medio de formas fácilmente asequibles a la imaginación y a los sentidos, y por lo tanto a crear obras comprensibles para toda la raza y para todo siglo y que, por ser humanas, son eternas. Tales son los caracteres distintivos del arte griego.

Consideremos lo que aparece en seguida ante los ojos y lo que primeramente salta a la vista, cuando se penetra en la ciudad; se trata del templo. “Por lo común está sobre una altura, que es la acrópolis, sobre un pedestal de rocas; no está, como las catedrales de la Edad Media, apretado, ahogado por las hileras de casas, disimulado y medio escondido, inaccesible a los ojos, salvo en sus detalles y partes altas. Su base, sus costados, toda su masa y todas sus proporciones aparecen en conjunto. Es siempre de dimensiones medianas o pequeñas. El templo griego no es un lugar de asambleas, sino la residencia particular de un dios, un relicario para su efigie, el viril mármol que encierra una estatua única. Nada complicado, raro o atormentado en este edificio; es un rectángulo bordeado por un peristilo de columnas; tres o cuatro formas elementales de geometría bastan para ello, y la simetría de la ordenación las acentúa por repetición como por contraste. Han reunido dos cualidades que parecen excluirse: la extremada riqueza y la más estricta sobriedad. La criatura arquitectónica griega es sana, se mantiene por sí misma; no necesita, como la catedral gótica, una colonia de albañiles que restauren continuamente su ruina incesante; no es la obra de la imaginación sobrexcitada, sino de la razón clara. Casi todos los templos de Grecia permanecerían intactos si la brutalidad o el fanatismo de los hombres no hubieran intervenido para destruirlos. Sentimos el equilibrio estable de sus diversos miembros, pues el arquitecto ha manifestado la estructura interna por exterioridades visibles. A este aspecto de resistencia, sumad el aire de comodidad y elegancia; el edificio griego no está hecho con el sólo propósito de que perdure como el edificio egipcio. No está abrumado por el peso de su mole como un Atlas obstinado y forzudo; se desarrolla, se despliega, se alza como un hermoso cuerpo de atleta, en quien el vigor coincide con la finura y la serenidad. Considerad además su adornos, los bajos relieves, las estatuas de los frontones, de las metopas y de los frisos, sobre todo la efigie colosal de la cella interior; todas las esculturas de mármol, de marfil y de oro, todos esos cuerpos heroicos o divinos que representaban a los ojos  del hombre las imágenes acabadas de la fuerza viril, de la perfección atlética, de la virtud en acción, de la noble sencillez, de la serenidad inalterable, y tendréis una primera idea del genio y del arte en Grecia.”

 

 

El momento

Daremos ahora un paso más y entraremos a considerar un nuevo carácter de la civilización griega. Un griego de la antigua Grecia no sólo es griego, sino que además es un hombre de la época antigua; tiene otras aptitudes y otras inclinaciones, tiene otras ideas y otros sentimientos. No construyó su civilización sobre la nuestra; nosotros hemos edificado nuestra civilización sobre la suya y sobre otras muchas; de ahí surgen consecuencias infinitas en número y en importancia: la vida y el espíritu de ellos son sencillos, mientras que nuestra vida y nuestro espíritu son complicados. Por tanto su arte es más sencillo que el nuestro, y la idea que se forman del alma y del cuerpo del hombre les sugiere asunto para realizar obras que nuestra civilización ya no puede producir.

 

I

Basta echar un vistazo a las exterioridades de su vida para advertir su perfecta sencillez. “La civilización, al dirigirse hacia regiones más nórdicas, ha debido proveer a una diversidad de necesidades que no tenía que satisfacer en sus primitivos asientos meridionales. En un clima húmedo o frío como la Galia, Germania, Inglaterra, América del Norte, el hombre necesita comer más: las casas deben ser más sólidas y los trajes más abrigados y gruesos; es indispensable más fuego y más luz, más resguardo, más víveres, instrumentos e industrias.” Forzosamente el hombre debe hacerse industrioso, y como sus exigencias aumentan a medida que son satisfechas, emplea las tres cuartas partes de su esfuerzo en la adquisición de bienestar; pero las comodidades que se proporciona son otras tantas sujeciones que lo coartan y así se va haciendo esclavo de la comodidad.

En la Grecia antigua, una túnica corta y sin mangas para el hombre, y para la mujer, una túnica larga que baja hasta los pies y doble desde los hombros a la cintura, constituyen todo lo esencial del traje; “añadid un gran pedazo cuadrado de tela para envolverse o un velo que usa la mujer cuando sale, y con frecuencia, unas sandalias; Sócrates no las llevaba más que en los días de festín.” “Es propio de los griegos –dice Plinio- el no velar nada”.

La misma sencillez observamos en la segunda envoltura del hombre, es decir, en la habitación. En los siglos hermosos de Grecia, el ajuar es mucho más reducido que en Pompeya (con sus diez o doce pequeños gabinetes dispuestos en derredor de un patio pequeño, “donde murmura un chorro de agua”, apropiado para dormir por la noche y hacer la siesta a la hora del calor, pues el clima no reclama otra cosa). Una casa pequeñita que muchas veces consta de un solo piso, es suficiente para un noble ateniense; vive fuera, al aire, bajo los pórticos, en el ágora, en los gimnasios, y los edificios públicos donde se desarrolla su vida pública están tan poco adornados como su casa particular.

En Grecia, un teatro contiene de treinta a cincuenta mil espectadores, “y cuesta veinte veces menos que aquí, porque la naturaleza lo ofrece todo”: el flanco de una colina, donde se forman graderías circulares, un altar en el centro y abajo una pared esculpida, para que resuene la voz; el sol como única iluminación y por decorado de fondo, “unas veces el mar luciente y otras, grupos de montañas aterciopeladas por la luz; ellos saben lograr magnificencia con economía, y satisfacer sus placeres en la misma forma en que realizan todas sus tareas: con la perfección que nuestro dinero no puede alcanzar.”

Pasemos a las construcciones morales: en un Estado pequeño, como la ciudad griega, acontece lo contrario a la actualidad; el hombre corriente está en condiciones de desempeñar todas las funciones públicas; la sociedad no se divide en funcionarios y administrados; no hay burgueses que viven retirados; sólo hay ciudadanos activos. El ateniense decide por sí mismo de los intereses generales; cinco o seis mil ciudadanos escuchan a los oradores y votan en la plaza pública, que es la plaza del Mercado. A ella se acude tanto para hacer decretos y leyes, como para vender el vino o las aceitunas. Además, los asuntos que se debaten están a su alcance, pues son intereses vecinales, dado que la ciudad constituye todo el Estado. Es además el juez, en lo civil, en lo criminal, en lo religioso; es abogado y está obligado a defender su causa. Rico o pobre, es soldado; como el arte militar es todavía sencillo y no conocen las máquinas de guerra, la guardia nacional es el ejército. Y de todo esto se cuidan los gimnasios: son los colegios de la juventud; allí se aprende durante todo el día y en el transcurso de muchos años a luchar, saltar, correr, lanzar el disco, y metódicamente se ejercitan y fortifican los miembros y los músculos. Preparado así por las costumbres, se comprende que el ciudadano sea soldado sin esfuerzo y en cualquier momento que sea necesario. Será marino sin aprendizaje mucho mayor. “En una ciudad que tiene puerto y vive del comercio marítimo, no hay nadie que no sea entendido en el manejo de navíos; nadie que no sepa de antemano o no aprenda pronto las señales del tiempo, los cambios del viento, las posiciones y las distancias, toda la técnica y todos los accesorios que nuestro marino o nuestro oficial de marina sólo saben después de diez años de estudios y de práctica.”

Todas estas particularidades de la vida en la antigüedad derivan de la misma causa: la sencillez de una civilización sin precedentes; y todas conducen al mismo resultado: “la sencillez de un alma bien equilibrada, en la que ninguna porción de aptitudes o de inclinaciones ha sido desarrollada en detrimento de las otras; un espíritu que no ha sufrido influencia exclusiva alguna ni ha sido deformado por ninguna función especial.” En nuestros días distinguimos el hombre culto y el hombre inculto, el ciudadano y el aldeano, además de tantas otras especies diferentes como clases, profesiones y oficios; en todas partes el individuo está estrechamente en el casillero en que por sí mismo se ha colocado, y acosado por la multitud de necesidades que se ha creado. Menos artificial, menos especializado, menos alejado del estado primitivo del hombre, el griego se movía en un círculo político mejor proporcionado a las facultades humanas, en medio de costumbres más favorables al mantenimiento de las facultades acumuladas, más cerca de la vida natural, menos oprimido por la civilización acumulada; “en una palabra, era un hombre más completo.”

 

II

“Pero todo esto sólo constituye en ambiente y los moldes exteriores que configuran al individuo. Penetremos en el individuo mismo y lleguemos hasta sus sentimientos y sus ideas; nos sorprenderá aun más la distancia que los separa de nuestro modo de pensar y sentir.” Dos clases de cultura contribuyen a formarlos en todo tiempo y en todo país: la cultura religiosa y la cultura laica; una y otra operan en el mismo sentido; entonces cooperaban para conservarlos sencillos, ahora por complicarlos progresivamente.

Los pueblos modernos son cristianos, y el cristianismo es una religión que surgió posteriormente y que contradice el instinto natural. Se la puede comparar a una contracción violenta que ha desviado la actitud primitiva del alma humana. En efecto, declara que el mundo es malo y que el hombre está corrompido; el hombre debe cambiar de rumbo, elegir otro camino; la vida presente no es más que un destierro, y debemos dirigir nuestros ojos hacia la patria celestial. Nuestro fondo natural es vicioso; reprimamos, pues, todas nuestras inclinaciones naturales y mortifiquemos nuestro cuerpo. La experiencia de los sentidos y el razonamiento de los sabios, son insuficientes y engañosos; guiémonos sólo por la antorcha de la revelación, la fe, la iluminación divina. Durante catorce siglos el modelo ideal, digno de imitación, ha sido el anacoreta o el monje. “Para medir el poder de tales ideales y la magnitud de la transformación que impone a las facultades y a las costumbres humanas, leed sucesivamente el gran poema cristiano y los grandes poemas paganos; de un lado La Divina Comedia, del otro La Odisea y La Ilíada.” Dante tiene una visión y se siente transportado fuera de nuestro pequeño mundo efímero a las regiones etéreas: en ellas ve las torturas, las expiaciones, las delicias, sufre angustias y horrores sobrehumanos; “todo cuanto puede inventar una imaginación furiosa y refinada de justiciero” y de verdugo aparece ante sus ojos, soporta los tormentos y desfallece de dolor; después asciende hacia la luz; oye las almas, contempla los coros, las palabras sagradas, los dogmas de la verdad teológica resuenan en el éter.

“¡Cuánto más natural y más sano es el espectáculo que nos presenta Homero! Por todas partes se posa el pie sobre el suelo firme de la verdad. Su libro es un documento histórico, pues sus contemporáneos han tenido las costumbres que describe; su Olimpo mismo no es sino una familia griega.” No tenemos necesidad de esforzarnos ni de exaltarnos para reconocer en nosotros mismos los sentimientos que expresa ni para imaginar el mundo que pinta, todas las emociones y todas las pasiones del hombre natural. Se encierra en el círculo visible que en cada generación vuelve a trazar la experiencia humana; no sale de allí; ese mundo le basta y es el solo importante; el más allá no es más que la vaga mansión de las sombras vanas. Así, más allá de la tumba le preocupa la vida presente. En todas las épocas de la civilización griega, reaparece con diversos matices el mismo sentimiento; el mundo de ellos es aquél iluminado por el sol; el moribundo tiene como esperanza y consuelo, que le sobrevivan su gloria, su tumba, su patria.

Cuando la reflexión filosófica analiza el más allá, éste no parece terrible, infinito, desproporcionado con la vida presente, tan indubitable como ésta, inagotable en suplicios o en delicias, como un abismo espantoso o como una gloria angélica. Semejante contraste muestra la gran alteración que ha transformado el alma humana desde hace mil ochocientos años. Hasta fines de la Edad Media, bajo ese peso inconmensurable, ha sido como una balanza descompuesta, que saltaba de lo más bajo a lo más alto, siempre en los extremos. Cuando hacia el Renacimiento, la naturaleza oprimida se irguió y recobró el ascendiente, encontró frente a sí para detenerla la vieja doctrina ascética y mística, no sólo con su tradición y sus instituciones mantenidas o renovadas sino, además, con la permanente confusión que había llevado al alma dolorida y a la imaginación sobreexcitada. “Todavía en nuestra época subsiste la lucha; hay en nosotros, y alrededor de nosotros, dos morales, dos conceptos de la naturaleza y de la vida, y su conflicto incesante nos hace sentir cuál no sería la felicidad armoniosa de un mundo joven, en donde los instintos naturales se desplegaban intactos y rectos, al amparo de una religión que favorecía su desarrollo en vez de reprimirlo.”

Si la cultura religiosa ha superpuesto en nosotros, a las inclinaciones espontáneas sentimientos completamente opuestos, la cultura laica ha enredado nuestro espíritu en un laberinto de ideas elaboradas y extrañas. “Comparad cómo eran en Grecia y cómo es entre nosotros, la primera y más poderosa de las educaciones, aquella que da el idioma. Nuestros idiomas modernos son dialectos, restos deformes de un hermoso idioma que una larga decadencia había corrompido y que importaciones y mezclas han venido a alterar y a embrollar aún más. Nuestro espíritu vive en ellos porque se ha formado en su recinto, pero ¡con cuánta más comodidad se movía el de los griegos en la suya! Nosotros no podemos comprender de primera intención nuestras palabras, que poseen un sentido general; no son transparentes; no dejan ver su raíz, el hecho sensible en que se originan.” Casi todo nuestro vocabulario filosófico y científico es extranjero; para usarlo con propiedad, tenemos necesidad de saber griego y latín, “y generalmente lo usamos mal.” De esta enorme desventaja estaban exentos los griegos pues entre ellos nada separaba el lenguaje de los hechos sensibles y el lenguaje del razonamiento puro; el lenguaje del pueblo y el lenguaje de la gente docta; el uno era continuación del otro. “En un diálogo de Platón no hay un solo término que no conozca el adolescente al egresar del gimnasio; no hay una frase en una arenga de Demóstenes que no pueda ser alojada en una casilla del cerebro de un herrero o un campesino de Atenas.”

Por otra parte, a la par que el instrumento se ha complicado la obra, rebasándolo en toda medida. Además de las ideas de los griegos, poseemos cuantas se han fabricado durante mil ochocientos años. “Al salir de la barbarie brutal, en el primer albor de la Edad Media, el espíritu ingenuo y que apenas balbucía, ha tenido que embarazarse con los restos de la antigüedad clásica, de la antigua literatura eclesiástica, de la espinosa teología bizantina, de la vasta y sutil enciclopedia de Aristóteles, refinada y oscurecida además por sus comentaristas árabes.” A partir del Renacimiento, la antigüedad ha venido a superponer todas sus concepciones a las nuestras; a hacernos latinos y griegos de lenguaje y de espíritu, como los letrados del siglo XV; a prescribirnos su método para hacer dramas y su estilo de expresión en el siglo XVII; a sugerirnos sus máximas y sus utopías políticas como en el tiempo de Rousseau y durante la Revolución. “Sin embargo, el arroyo al correr aumenta su caudal por el crecimiento, más vasto cada día, de la ciencia experimental y de la invención humana. Añadid el conocimiento de los idiomas y literaturas modernas, el descubrimiento de civilizaciones orientales y remotas. La corriente se ha convertido en un río tan abigarrado como enorme; eso es lo que un espíritu humano se ve ahora obligado a asimilar, y para conseguirlo a medias se necesita el genio, la paciencia, la larga vida de un Goethe.”

¡Cuánto más sereno y límpido era el manantial primitivo! En el tiempo más hermoso de Grecia, “un joven aprendía a leer, escribir, contar, tocar la lira, luchar y ejercitar todos los demás ejercicios corporales”[6]. Cuando era algo mayor, escuchaba en el ágora los discursos de los oradores, los decretos, las menciones de las leyes; algunos se interesaban por las demostraciones geométricas. Pero en suma, la educación era toda gimnástica y musical, y el pequeño número de horas que entre dos ejercicios corporales de dedicaban a seguir una discusión filosófica, no admiten otra comparación con nuestros quince o veinte años de estudios especiales, que la de sus veinte o treinta rollos de papiro manuscrito con nuestras bibliotecas de tres millones de volúmenes. Todas estas diferencias se reducen a una sola; la que separa una civilización espontánea y nueva de una civilización elaborada y compleja. “Menos medios e instrumentos, menos máquinas industriales, menos engranajes sociales, menos palabras aprendidas, menos ideas adquiridas; una herencia más pequeña y un bagaje menor, y por lo tanto, más fácil de manejar; sólo un crecimiento rectilíneo, oportuno, sin crisis ni desatinos morales; por lo tanto, un despliegue más libre de las facultades, una concepción más sana de la vida, un alma y una inteligencia menos atormentadas, menos cansadas, menos deformadas: ese rasgo distinto de su vida pronto lo veremos repetirse en su arte.”

 

III

Efectivamente, en todo tiempo la obra ideal ha reflejado la vida real. Si se examina el alma moderna, se encuentran en ella alteraciones, disonancias, enfermedades, y por decirlo así, hipertrofias de sentimientos y de facultades que se evidencian a través de su arte. En la Edad Media el exagerado desarrollo del hombre espiritual e interior, el ansia de ensueños sublimes y tiernos, el culto del dolor, el desprecio por el cuerpo, conducen la imaginación y la sensibilidad sobreexcitadas hacia la visión y adoración seráficas. Como consecuencia de esto, en la pintura y en la escultura, los personajes son feos o desproporcionados y carentes de vida, casi siempre flacos, consumidos, mortificados y absortos en una idea que aparta sus ojos de la vida presente. En tiempos del Renacimiento, la universal mejora de la condición humana, el ejemplo de la antigüedad que resurge y es comprendida, el impulso del espíritu liberado y orgulloso de sus grandes descubrimientos renuevan el sentimiento y el arte paganos. Pero las instituciones y los ritos de la Edad Media subsisten aún, y en Italia, como en Flandes, en las más hermosas obras se advierte el patente contraste entre las figuras y el asunto: una reunión de santos y de santas que en medio de los instrumentos de la penitencia y de tortura conservan la salud vigorosa, el color hermoso, la presencia altiva, adecuada a una fiesta alegre de nobles canéforas o de atletas perfectos.

Actualmente, la confusión que reina ha convertido al ser humano en un cerebro prodigioso, un alma infinita para quien sus miembros no son sino simples apéndices, y sus sentidos meros servidores; insaciable en curiosidades y ambiciones; siempre investigando y conquistando; conducido por sus sentidos hasta los confines del mundo real y sumido en las profundidades del mundo imaginario; tan pronto embriagado como deprimido por la inmensidad de sus adquisiciones y de su obra; encarnizado en pos del imposible o esclavizado por su oficio. “En resumen, un estilo muy próximo a lo excesivo, convencional y amanerado.”

En Grecia, por lo contrario, los sentimientos son sencillos, y por consiguiente los gustos también lo son. “Considerad sus obras de teatro: no hay en ellas ningún carácter complejo y profundo como los de Shakespeare, ninguna intriga hábilmente enredada y desenmarañada, ninguna sorpresa. La pieza gira sobre una leyenda heroica que ha escuchado desde su infancia; sabe de antemano los acontecimientos y el desenlace. Leed el principio de La República, de Platón; Las Siracusanas, de Teócrito; los Diálogos, de Luciano, el último escritor ático: no hay un solo pasaje en que se haya buscado producir efecto; todo se desliza llanamente; son breves escenas familiares cuya perfección reside por entero en su exquisita naturalidad.”

Sigamos estudiando esta especial condición de su arte, principalmente en el que ahora nos ocupa, la escultura. Una estatua es un gran trozo de mármol o de bronce, y una estatua de grandes dimensiones está por lo común aislada sobre un pedestal; no se le puede dar una actitud demasiado vehemente ni una expresión demasiado apasionada, como lo admite la pintura y lo tolera el bajo relieve, pues el personaje parecería afectado, preparado para causar impresión, “y correría el riesgo de caer en el estilo de Bernini”; el estatuario se ve obligado a dar al tronco y a los miembros una importancia igual a la de la cabeza y considerar con igual ardor la vida animal y la vida espiritual.

La civilización griega es la única que haya llenado esas dos condiciones. En esa clase de cultura y en esa etapa, precisamente, el cuerpo despierta gran interés; el alma no lo ha subordinado y relegado al último término y tiene valor por sí mismo. “He allí, pues, el cuerpo vivo, íntegro y sin velos, admirado, glorificado, presentado sin escándalo a los ojos de todos sobre su pedestal.” La cabeza no encierra un gran significado: no contiene, como las nuestras, un mundo de ideas finamente matizadas, de agitadas pasiones, de sentimientos complejos; la cara no está cincelada, afinada, atormentada; sólo muestra los rasgos principales, casi carece de expresión. En la estatua griega la cabeza no despierta mayor interés que lo miembros o el tronco; sus líneas y sus planos son continuación de los otros planos y las otras líneas; su fisionomía no es pensativa, no refleja costumbre alguna. Si el personaje se lanza hacia un fin, como el Discóbolo, el Combatiente, o el Fauno danzando, el propósito físico que lo anima absorbe todos los deseos y las ideas de que es capaz; lanzar bien el disco, asestar o parar el golpe con acierto, que la danza sea viva y rítmica: eso basta para su satisfacción, su alma no aspira a más. Pero ordinariamente su actitud es tranquila, nada hace y nada dice; no está atento; está en reposo; casi siempre su acción es indiferente; la idea que le ocupa es tan indeterminada y está para nosotros tan ausente, que aún hoy no se puede determinar con precisión la actitud de la Venus de Milo. Vive, esto le basta y satisface al espectador antiguo. “Los contemporáneos de Pericles y de Platón no necesitan de efectos violentos e imprevistos que agucen su atención embotada o su sensibilidad inquieta.” Tal es el círculo dentro del cual los ha colocado la sencillez de su cultura y del que nosotros hemos salido, empujados por la complejidad de la nuestra. “Han encontrado dentro de él, un arte apropiado, la estatuaria: nosotros hemos ya dejado atrás ese arte y debemos buscar entre ellos nuestros modelos.”

 

 

Las instituciones

 

I

Antes de fabricar el hombre de mármol o de bronce hicieron el hombre vivo, y la gran escultura se desarrolla en ellos al mismo tiempo que la institución que tiene a su cargo la formación del cuerpo perfecto. Ambas hacen su aparición en la primera mitad del siglo VII. En ese instante el arte realiza sus grandes descubrimientos técnicos. Hacia 689, Butades, de Sicione, tiene la idea de modelar y de cocer al fuego figuras de arcilla. En la misma época Roikos y Teodoro de Samos, inventan el procedimiento para vaciar el bronce en un molde. Hacia 650, Melao de Chío hace las primeras estatuas de mármol y, “después de las gloriosas guerras médicas, éstas comienzan a aparecer acabadas y perfectas.” Para entonces la orquéstrica y la gimnasia se convierten en instituciones regularizadas. “Ha concluido el mundo de Homero y sus continuadores, que son del siglo IX y VIII, Arquiloco, Calinos, Terpandro y Olimpos, han tenido lugar en una vasta transformación en la sociedad y en las costumbres. El horizonte del hombre se ha ensanchado y se amplifica cada día más; todo el Mediterráneo ha sido explorado; se conocen Sicilia y Egipto, sobre los cuales Homero sólo sabía de leyendas. Se multiplican las colonias que pueblan y exploran las costas de la Magna Grecia, de Sicilia, del Asia Menor, del Ponto Euxino. Todas las industrias se perfeccionan; las barcas de cincuenta remos de los viejos poemas se convierten en galeras con doscientos remeros. Un hombre de Chío inventa la manera de ablandar, endurecer y soldar el hierro. Se construye el templo dórico, se conocen la moneda, los números, la escritura; la técnica bélica varía, se combate a pie y formados en vez de luchar desde los carros y sin disciplina. Se establecen ciudades cerradas y defendidas, provistas de magistrados, sometidas a una policía, y que luego se convierten en repúblicas de ciudadanos iguales que eligen sus propios jefes.”

Al mismo tiempo, como consecuencia, la cultura del espíritu se diversifica, se extiende y se renueva. Sin duda, es aún enteramente poética; la prosa no se escribirá hasta más tarde, pero la melopeya monótona, que sostenía el hexámetro épico, cede lugar a una multitud de cantos variados y de metros diferentes. Al hexámetro se añade el pentámetro; se inventa el troqueo, el yambo, el anapesto; se combinan los pies nuevos con los antiguos formando dísticos, estrofas y toda clase de medidas. La cítara, que sólo tenía cuatro cuerdas, tiene siete; Terpandro fija sus modos y da los nomes de la música; Olimpos, y después Taletas, terminan de adaptar los ritmos de la cítara, de la flauta y de las voces a los matices de la poesía que acompañan.

En una aldea corsa, en los funerales, la voceadora improvisa y declama cantos de venganza delante del cuerpo de un hombre asesinado o cantos plañideros sobre el ataúd de una muchacha muerta en la flor de su juventud. En los montes de Canabria o de Sicilia, en los días de baile las jóvenes representaban con sus actitudes y sus gestos, pequeños dramas y escenas de amor.

“Era una ópera en pequeño y a domicilio.” Todos los poetas líricos de ese tiempo son asimismo maestros de coros; su morada es una especie de Conservatorio, una “Mansión de las Musas”. “Así, la vida privada en todas sus actividades, por sus ceremonias como por sus placeres, contribuía a hacer del hombre –en el sentido más hermoso de la palabra y con una dignidad perfecta- lo que llamamos un cantor, un figurante, un modelo, un actor.” La vida pública contribuía al mismo resultado. En Grecia, la arquitectura interviene en la religión y en la política, en la paz y en la guerra, para honrar a los muertos y celebrar a los vencedores. Había cantos para todas las circunstancias para todas las actividades de la vida militar; “entre otros, anapestos para ir al ataque al son de las  flautas.”

Pero el culto ofrecía aún más oportunidades para el desarrollo de la orquéstrica que la política y la guerra. Según los griegos, el espectáculo más agradable que se podía ofrendar a los dioses era presentarles hermosos cuerpos florecientes, desarrollados en todas las actitudes que demuestran la fuerza y la salud. Por esta causa las fiestas más sagradas eran desfiles de ópera y bailes serios. “En aquellas fiestas, Alcman y Estesicoro eran a la vez poetas, maestros de capilla, maestros de baile, algunas veces ayudantes, primeros corifeos de los grandes conjuntos, en los cuales coros de jóvenes y doncellas representaban en público la leyenda heroica o divina.” Una de esas danzas sagradas, el ditirambo, se convirtió más tarde en la tragedia griega.

La orquéstrica ha dado a la escultura las actitudes, los movimientos, los ropajes, los grupos; “el friso del Partenón tiene por motivos el desfile de las Panateneas y la pírrica ha sugerido las esculturas de Figalia y de Brudrun.”

 

II

Existía en Grecia, junto a la orquéstrica una institución más nacional aún y que constituía la segunda parte de la educación, la gimnástica. Aparece ya en Homero; los héroes luchan, lanzan  el disco, corren a pie y en carroza; el que no es hábil en los ejercicios corporales, es considerado “un comerciante”. Pero la institución no está todavía regularizada, no es pura, ni completa. Sólo en el período siguiente, al mismo tiempo que la orquéstrica y la poesía, se desarrolla, fija sus formas y adquiere la importancia final que conocemos. Su iniciación partió de los dorios, pueblo nuevo de raza griega pura, que descendió de sus montañas e invadió el Peloponeso; la colonia principal, la de los espartanos, se estableció en Laconia, después de avasallar y esclavizar a los antiguos habitantes: esto constituía un ejército acampado de manera definitiva, rodeado por enemigos diez veces más numerosos. De esta situación especial surgen las demás condiciones. El espartano está privado de comerciar, de ejercer una industria, de enajenar su lote de tierra, de aumentar la renta que le produce; sólo debe pensar en ser soldado. La vida del cuartel prima sobre la vida del hogar.

En cuanto a las artes, son las que convienen a un ejército. Han traído consigo un género de música particular, el modo dórico, el único acaso cuyo origen sea puramente griego[7]. El mismo baile es considerado como un ejercicio o un desfile. Hay otra danza llamada anapala, en la que los muchachos simulan la lucha y el pugilato. Pero las principales son las gimnopedias, grandes revistas en las que participa toda la nación, distribuida en coros. Todos habían ensayado el paso, las evoluciones, el tono, la acción, desde la infancia; en ningún otro país la poesía coral formaba unos conjuntos más amplios y mejor ordenados.

El efecto de esta disciplina fue pronto visible. Dominaron a los mesenios. Se convirtieron en los jefes de Grecia, y en el momento de las Guerras Médicas estaba tan bien establecido su ascendiente, que no sólo en tierra, sin en el mar, aunque casi no tenían navíos, todos los griegos, hasta los atenienses, aceptaban sus generales sin murmurar.

Poco a poco los griegos[8] toman de los espartanos, y en general de los dorios, los rasgos distintivos de sus costumbres, de su régimen y de su arte: la armonía dórica, la elevada poesía coral, varias figuras de las danzas, el estilo de la arquitectura, el traje más sencillo y más viril, la ordenanza militar más firme, la completa desnudez del atleta, la gimnástica erigida en sistema.

Para satisfacer tales gustos y necesidades, el gimnasio era la única escuela. Los ciudadanos libres eran los nobles de la antigüedad; por lo tanto no había ciudadano libre que no hubiese frecuentado el gimnasio; sólo con esa condición era considerado un hombre bien educado[9]; si no, se le despreciaba como a artesano de baja estofa.

Los maestros, verdaderos artistas, ejercitaban el cuerpo para darle no sólo vigor, resistencia y celeridad, sino también simetría y elegancia. Una multitud de textos nos confirman esta impresión, que nos conduce a una época más lejana que aquella en que fuera escrita, hasta los tiempos más hermosos del cuerpo desnudo; todo es significativo y de valor; nos muestra la tradición de la sangre, el efecto de la educación, el gusto popular y universal de lo bello, todos los orígenes de la escultura perfecta. Ciertamente, la raza era bella, pero se había embellecido más por su sistema de cultura; “la voluntad había perfeccionado a la naturaleza, y la estatuaria iba a terminar la obra que la naturaleza, aun cultivada, no podía realizar más que a medias.”

Hemos visto, así, que en el transcurso de dos siglos, las dos instituciones que cultivan el cuerpo humano, la orquéstrica y la gimnástica, nacen, se desarrollan, se propagan en derredor de los puntos de origen, se esparcen por todo el mundo griego, proporcionan el instrumento de la guerra, la decoración del culto, la era de la cronología; ofrecen la perfección corporal como principal objeto de la vida humana y llevan hasta el vicio la admiración de la forma perfecta. “Pensaron en lo real antes de pensar en la imitación; se interesaron en los cuerpos vivos antes de interesarse en cuerpos simulados; se ocuparon de formar los coros antes de esculpirlos. Siempre el modelo físico o moral precede a la obra que le representa; pero le precede poco, muy de cerca; es preciso que en el momento en que se realice la obra, el modelo esté aún presente en todas las memorias.”

 

III

“La estatuaria griega no sólo representó a los hombres más hermosos, sino que también esculpió las imágenes de los dioses y, a juicio de todos los antiguos, esos dioses fueron sus obras maestras. Al sentimiento profundo de la perfección corporal y atlética, se añadía en el público y en los maestros, un sentimiento religioso original, una idea del mundo hoy perdida, una manera peculiar de concebir, venerar y adorar las potencias naturales y divinas.”

“Basta leer a Herodoto para ver cuán viva se conservaba aún la fe en la primera mitad del siglo V. No solamente Herodoto es piadoso, devoto hasta el punto de no atreverse a proferir algunos nombres sagrados, a revelar determinadas leyendas, sino que toda la nación mantiene en su culto la gravedad grandiosa y apasionada que contemporáneamente expresan los versos de Esquilo y de Píndaro.” Los dioses están vivo, presentes; hablan, los hombres los ven, como a la Virgen y a los santos en el siglo XIII.

“Nunca terminaría si enumerase los signos de piedad pública; cincuenta años después todavía el pueblo la sentía con fervor.” Estos detalles revelan la persistencia de la antigua fe al mismo tiempo que el advenimiento del pensamiento libre. La nueva sabiduría no destruía la religión: la interpretaba, la conducía nuevamente a su fuente de origen, al sentimiento poético de las fuerzas naturales.

El estudio comparado de las mitologías ha mostrado recientemente que los mitos griegos, afines de los mitos sánscritos, no expresaban en su origen otra cosa que la actividad de las fuerzas naturales, y que el lenguaje fue gradualmente convirtiendo en dioses los elementos y los fenómenos físicos en toda su diversidad, su fecundidad y su belleza.

Cuando un pueblo siente la vida divina de las cosas naturales, distingue fácilmente el fondo natural de donde surgen las personas divinas. En los hermosos siglos de la estatuaria, ese fondo primitivo aun se transparentaba de un modo visible bajo las apariencias de la figura humana y concreta, con que la leyenda lo había traducido. “Para un alma sencilla y sana, un río, sobre todo si es desconocido, es por sí mismo una potencia divina.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

La gran mayoría de las citas son extraídas directamente del texto de Taine, de modo que no hago referencia a la misma fuente una y otra vez. Por otro lado, el resto de citas provienen del mismo Taine, así que las transcribo tal como existen en el libro “La Filosofía del Arte”; éstas no las cito a continuación.

Otras fuentes bibliográficas me han sido indispensables para interpretar y clarificar a Taine, aunque esto sin demasiada contradicción, ya que Taine es diáfano en sus planeamientos. Estas ideas son, en definitiva, sentencias de una elaboración generosa y amplia, llevadas hasta el límite del detalle y la ejemplificación.

No ha habido aquí intención de discutir o replantear: es, en líneas generales, el pensamiento de Taine sobre el arte de la estatuaria en Grecia.

 

  • TAINE, HIPÓLITO. LA FILOSOFÍA DEL ARTE. CUARTA PARTE: LA ESCULTURA EN GRECIA. EL ATENEO. BUENOS AIRES.
  • GOMBRICH, ERNST HANS. THE STORY OF ART. THE REALM OF BEAUTY. PHAIDON. BRITISH LIBRARY.
  • HAUSER, ARNOLD. HISTORIA SOCIOLÓGICA DE LA LITERATURA Y DEL ARTE. TOMO I. BUENOS AIRES.

[1] La cabeza de Juno en la villa Ludovisi y la cabeza de Júpiter de Otricoli.

[2] Alceo alaba a su hermano por haber ido a combatir a Babilonia y haber traído de allí un machete con el puño de marfil. – Relatos de Menelao en la Odisea.

[3] Canto II, “Enumeración de los guerreros y de los buques”.

[4] Tácito: Oe moribuse Germanorum. – Deorun nominibus appellant secretum illud, quod sola reverentia vident.

[5] Esquilo: Prometeo.

[6] Platón: Théanges, ed. Fred. Ast… tomo VIII, pág. 386.

[7] PLATÓN, en el Teages, dice de un hombre virtuoso que discurre sobre la virtud: “En la armonía maravillosa de sus acciones y de sus palabras se reconoce la manera dórica, la única verdaderamente griega.”

[8] ARISTÓTELES: Política, VIII, págs. 3 y 4.

[9] Kalokagathos, lo contrario de basannos.

LAS GALANTERÍAS DE CLAUDE DUVALL – Acto III - Sábado, Dic 20 2008 

ACTO III

 

Enero 21 de 1670: Horcas de Tyburn, Londres.

 

Escenario: Un espacio abierto, en medio de la ciudad. En el centro, sobre una alta tarima, una horca. Alrededor, varios carruajes, y junto a éstos permanecen los nobles; al otro lado varias damas, con máscaras puestas y en silencio. En el otro extremo del escenario están los plebeyos. La decoración, aunque lúgubre y helada, posee luces de atardecer y sol.

 

PLEBEYO 1:

Que hace frío, ¿eh?

 

PLEBEYO 2:

¿Qué decís?

 

PLEBEYO 1:

Que hace frío, de mil demonios…

 

PLEBEYO 2:

Ya sabéis cómo dice… si hace sol en invierno, de seguro os congeláis los huesos.

 

PLEBEYO 3:

Pero dicen que el invierno no será largo… ya veis los árboles, que tienen flores… no está lejos la primavera.

 

PLEBEYO 2:

¿Cómo?

 

PLEBEYO 3:

¡Pues mirad! (Señala hacia los alrededores)

 

CONDE DE HASTINGS: (Pose indignada):

¿Veis cómo nos señala la gleba?

 

DUQUE DE NORFOLK (Mirándolo fijamente):

¿Sois Conde, acaso?

 

CONDE DE HASTINGS:

¿Habéis escuchado lo que traman?

 

BARÓN DE PRESTON:

¿Que nos colgarán, uno por uno, en árboles de las vías?

 

DUQUE DE NORFOLK:

¿Qué decís señores? Comportaos como nobles que sois; y no digáis sandeces… la muerte del bandido de turno los escarmentará, todo son patrañas… vaya sandeces.

 

(Silencio)

 

CONDE DE HASTINGS:

Que hace frío, ¿eh?

 

BARÓN DE PRESTON:

Del demonio…

 

CONDE DE HASTINGS (Al Barón de Preston, con disimulo):

¿Acaso no es aquella…?

 

DUQUE DE NORFOLK:

…¡Callad!

 

PLEBEYO 3:

¿Acaso no es aquella…?

 

PLEBEYO 2:

¡La dama de Buckingham!

 

PLEBEYO 3:

¡Viste bien!

 

PLEBEYO 2:

¡Qué buena!

 

PLEBEYO 3:

¿Y aquella?

 

PLEBEYO 2:

¿Lady Winchester?

 

PLEBEYO 1:

¿Norfolk?

 

(Pausa)

 

PLEBEYO 3:

¡Richmond!

 

PLEBEYO 2:

¡Qué buena!

 

DUQUE DE NORFOLK:

Guardaos de hablar, señores. No seréis humillados, ni violados, ni malheridos…

 

CONDE DE HASTINGS:

¿Sólo robados?

 

BARÓN DE PRESTON:

Ya veis lo que sucedió a Walpole…

 

CONDE DE HASTINGS:

…¿a Horacio?

 

BARÓN DE PRESTON:

El mismo. Fue herido por un tal Maclaine, durante un robo, pero tiempo después recibió una misiva de parte del ladrón, excusándose.

 

CONDE DE HASTINGS:

¡Ah! El mismo James Maclaine, quien disparó a Twyden, el obispo de Raphoe…

 

BARÓN DE PRESTON:

…el mismo.

 

DUQUE DE NORFOLK:

¿Qué hay con él?

 

CONDE DE HASTINGS:

Durante el juicio, se dijo que no había sido éste muerto de un balazo, sino debido a una infamación (Ríe).

 

PLEBEYO 1 (Riendo):

¿Sabéis qué se dice de los bandidos, en respuesta a las acciones de los nobles?

 

PLEBEYO 2 y 3:

Contad.

 

PLEBEYO 1:

Uno de estos villanos, envió un mensaje puerta a puerta a las casas de los nobles, advirtiéndoles de no avanzar en las vías, si se aventuran a salir con menos de un reloj y diez guineas (Risas).

 

BARÓN DE PRESTON:

¿Qué hay de las damas?

 

DUQUE DE NORFOLK:

¿Cómo? ¿No es acaso costumbre vuestra ver damas, barón?

 

BARÓN DE PRESTON:

No tan gallardas para una tarde fría.

 

DUQUE DE NORFOLK:

Es bien sabido que ver colgar villanos es su mayor divertimento.

 

BARÓN DE PRESTON:

¿Por qué las máscaras entonces?

 

DUQUE DE NORFOLK:

Es su manera de hacerlo.

 

PLEBEYO 2:

¿A qué han venido las damas, por cierto?

 

PLEBEYO 1:

A ver colgar al bandido, ¿Qué más les da?

 

PLEBEYO 3:

Habrían venido para el de Turpin, o para el de John Nick. Más bien comienzo a creer…

 

PLEBEYO 2:

¿En qué creéis, mi señora?

 

PLEBEYO 3:

Creo que han venido para despedirse de él.

 

PLEBEYO 1:

¿Tanto lo quieren?

 

PLEBEYO 3:

¡Más aun!

 

PLEBEYO 2:

¿Tanto?

 

BARÓN DE PRESTON:

¿De dónde ha salido tanto espectador para una rata? ¿Acaso es ésta una comedia?

 

DUQUE DE NORFOLK:

Y más se llegan, acompañando al bandido… sin duda creen que se le concederá el perdón.

 

CONDE DE HASTINGS:

¿El perdón de Carlos?

 

BARÓN DE PRESTON:

Algo he oído, y sigo sin creerlo. ¿Cómo lo habéis sabido, señor duque?

 

DUQUE DE NORFOLK:

Lo sé y es todo. Ciertamente sucedió de tal manera y eso debe bastaros.

 

(Silencio)

 

CONDE DE HASTINGS:

¿Lo ha otorgado Su Alteza?

 

DUQUE DE NORFOLK (Escupiendo al piso):

Tal parece.

 

CONDE DE HASTINGS:

Permitidme entender la situación. Decís que las damas, todas aquellas que veo, se presentaron ante Carlos…

 

BARÓN DE PRESTON:

…pidiendo su perdón…

 

PLEBEYO 3:

¿Concedió el perdón, decís? Hablad, decid dónde lo habéis escuchado.

 

PLEBEYO 1:

En la taberna por supuesto, ¿dónde más?

 

PLEBEYO 3:

¿Y lo otorgó?

 

PLEBEYO 1:

Así parece.

 

PLEBEYO 2:

¿Cómo? ¿Todas aquellas… damiselas… a chillarle al Rey? Andad a que lo sepa el Arzobispo…

 

PLEBEYO 1:

Ni que se os ocurra. Os condenaría a la hoguera.

 

PLEBEYO 3:

¿Tanto fue lo hablado?

 

PLEBEYO 1:

Es más. Ordenó despedazar el cuerpo de DuVall y repartirlo a lo ancho y largo del Reino. Tan indignado estaba el zorro aquel.

 

CONDE DE HASTINGS:

¡¿Lo sepultarán en la Catedral?! ¡Ni el Rey Sol merece tanta dicha!

 

BARÓN DE PRESTON:

Bueno, una vez haya sido terminada… De hecho me enteré de que este arquitecto, el joven Wren…

 

DUQUE DE NORFOLK:

…callad… allí lo traen.

 

(Se acerca una comitiva. Hacen parte de ella varios curas, dos guardias reales, dos funcionarios de la corte y DuVall. Éste tiene las manos atadas y camina erguido, a diferencia del resto. Llegan también varios carruajes, con nobles, y una turba de plebeyos)

 

PLEBEYO 3:

¿Lo veis?

 

PLEBEYO 2:

No parece triste. ¡Va bueno!

 

PLEBEYO 1:

Tal vez sabe ya que el perdón le ha sido otorgado.

 

CONDE DE HASTINGS:

¿Veis que sonríe el condenado aquel?

 

DUQUE DE NORFOLK:

¡Por mi barba que lo veré sepultado!

 

(Entra el Príncipe de Gales)

 

BARÓN DE PRESTON:

¿Qué hay?

 

PRINCIPE DE GALES:

Hay un Rey Sol, que llorará la pérdida de uno de sus ilustres hijos.

 

BARÓN DE PRESTON:

¿Y el perdón de Su Majestad?

 

(Entra un Plebeyo)

 

PLEBEYO 4:

¡Que lo colgarán hoy! ¡Y por mi calva sacra que el Rey vendrá después!

 

PLEBEYO 1:

¿Cómo? ¿Y el perdón Real?

 

PRINCIPE DE GALES:

El Juez Morton no ha hecho caso de las órdenes del Rey.

 

PLEBEYO 4:

Ha amenazado con dejar su cargo si el perdón es concedido.

 

BARÓN DE PRESTON:

¿Tanto quiere nuestro Rey al viejo Morton? Habría jurado que se sacrificaba más por aquellas…

 

PLEBEYO 3:

…todas aquellas damiselas… pobrecillas, ya sin consuelo…

 

PLEBEYO 1:

…¡Qué gallardo llega!

 

DUQUE DE NORFOLK:

¡Por mi barba que lo veré sepultado!

 

PLEBEYO 4:

¡Por mi calva sacra que el Rey vendrá después!

 

(Continúa el bullicio. La comitiva se abre paso entre la multitud. Suben a la tarima dos curas, un guardia llevando a DuVall, y un funcionario. Todos los personajes, con excepción de las damas, se precipitan a rodear la tarima)

 

FUNCIONARIO DE LA CORTE (Adelantándose hacia el borde. Lee en voz alta):

La Corte Real del Reino de Inglaterra, por orden Real de la Suprema Alteza nuestro Rey Carlos II, condena a Claude DuVall a pena de muerte, por los delitos de hurto…

(Se pronuncia la multitud)

…asalto…

(Se escuchan protestas de todos lados)

…tortura…

(Se eleva el bullicio)

…violación…

(Aumenta la bulla)

…¡asesinato!, hoy 21 de enero de 1670. ¡Cardenal!

 

(Se acerca uno de los curas, mientras el otro permanece atrás, bendiciendo al condenado)

 

CARDENAL:

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia Anglicana concede la gracia de la muerte al señor Claude DuVall, como expiación de los delitos cometidos en el Reino de Dios y de Nuestro Reino. (Levanta su brazo y señala tres cruces en el aire)

Tiene derecho a una última voluntad.

 

(Continúa la bulla)

 

DUQUE DE NORFOLK:

Que se ha salido con la suya, el bandido este, ¡una última voluntad!

 

PRINCIPE DE GALES:

¡Valiente Criminal!

 

PLEBEYO 1:

¡Dejadlo hablar!

 

PLEBEYOS 2 y 3 (Luego se suma la multitud):

¡Callaos que va a hablar! ¡Dejadlo hablar!

 

CLAUDE DUVALL:

Quisiera que se me concediese la voluntad de honrar a las damas, con un epitafio para adornar mi tumba.

 

CARDENAL:

Concedido. Id en paz con Dios.

 

(Se acerca el guardia, cubre su cabeza y rodea su cuello con la horca. Sueltan la base. Suenan varios gritos ahogados entre la multitud, luego todo se silencia)

 

DAMAS (Desde el fondo del escenario):

Aquí yace DuVall. Lector: si hombre sois, Vuestro bolso cuidad. Si sois mujer, vuestro corazón.

Mucho hizo aquél a unos y otros, pues

hombres hacía enfrentar, y a mujeres caer.

Al Segundo Conquistador de raza Normanda,

Ilustres tomaron su brazo, y su rostro las damas.

Vieja Gloria de Tyburn, De Inglaterra ilustre Ladrón,

DuVall, alegría de las damas; DuVall, de las damas su dolor.

 

 

 

 

 



FINAL DE LA ESCENA III

 

 

FIN DE “LAS GALANTERÍAS DE CLAUDE DUVALL”

LAS GALANTERÍAS DE CLAUDE DUVALL – Acto II - Sábado, Dic 20 2008 

ACTO II

Enero 20 de 1670: Newgate, Londres. Se celebra el juicio de Claude DuVall.

Escenario: Una amplia sala de juicios. Presiden el estrado el Juez Morton, su séquito legal y un jurado. Están presentes varios nobles, y algunas damas de la corte, éstas con máscaras puestas, apartadas y en silencio. Está también atiborrado de burgueses y plebeyos, en constante bulla. El acusado permanece de pie, frente al estrado y de espaldas al bullicio, y todos a cierta distancia.

El juicio ha comenzado; y aunque parece alargarse, no se ha complicado para el Juez Morton. Varios nobles han hecho sus acusaciones en contra de Claude DuVall, pero la decisión del jurado no es clara. El Juez ha sido incisivo desde el comienzo, y es paciente. DuVall permanece impasible, respondiendo con calma las acusaciones que le lanzan.

(Abre la escena, y el estrado parece una sala de festividades: los burgueses y plebeyos han estallado en una risa colectiva)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (Golpeando su martillo):

¡Orden en la sala! ¡Orden!

(Continúa el alboroto; unos segundos después se silencia).

Señor Defensor: proseguid vuestro interrogatorio.

DEFENSOR (Vuelve a ponerse de pie):

Quiero decir que me considero insatisfecho con la declaración del Príncipe de Gales. Según él, se acusa a Claude DuVall de asalto y hurto; pero aún no es clara la situación de la dama que, según Vuestra Merced, ayudó al acusado en su robo. ¿No es así, Alteza?

ACUSADOR:

¡Objeción, señor Juez! ¿Cómo que no es clara la situación? Se ha acusado…

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

Objeción denegada. Continuad, señor Defensor.

DEFENSOR:

Gracias Su Señoría. Su Alteza, hablad de la dama que os acompañaba cuando sucedió el hurto.

PRÍNCIPE DE GALES:

¿Qué queréis que os diga? En verdad no sabría decir si el hurto había sido planeado por ambos, o si éste… sujeto (Señalando a DuVall) la obligó a ello con anterioridad, puesto que la reacción de la dama fue rápida y certera. En todo caso diría que la dama en cuestión es mujer principal, y su posición la obligaba a sobreponerse a las amenazas del acusado, no a participar de ellas; sin embargo éste ha logrado manipularla… o al menos…

DEFENSOR:

¿Acusáis entonces a Claude DuVall de manipulación de damas para fines propios? Es una acusación muy grave Majestad, podría ésta…

PRÍNCIPE DE GALES:

…ciertamente que no…

DEFENSOR (Cortante):

…Señores del Jurado: ¿cómo es posible que el testigo posea juicios sobre esto, si precisamente yacía en el suelo inconsciente, como acaba de decírnoslo? Estoy comenzando a descreer de los cargos…

PLEBEYO 1 (Un alarido, desde la parte de atrás del escenario):

¡El Heredero ha quedado idiota!

PLEBEYO 2:

¡Traed a la mujer y juzgadla! ¡Condenadla por idiotizar monarcas! (La sala estalla en risas)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (Golpeando su martillo):

¡Orden! ¡Orden!

(Silencio en la sala)

DEFENSOR (Hacia el príncipe de Gales):

¿Podríais ser más claro, Alteza? Contadnos, de nuevo, cómo ha sido que el caballero, según Vuestro juramento, hizo posesión de vuestros dineros, con ayuda de la dama.

PRÍNCIPE DE GALES (Lo observa con cierta impaciencia):

He querido decir que la dama en cuestión me había servido en confianza; no había motivo para serme desleal, con tal violencia, tan súbitamente… es una dama…

DEFENSOR:

…ateneos a los hechos, Alteza.

PRÍNCIPE DE GALES (Pausa):

Venía de Yorkshire, con mi cochero de turno y en compañía de la dama, conocida de mi esposa. Traía yo unas guineas… lo que suelo cargar conmigo en viajes de varios días. Ya os lo he dicho: el caballero este se llegó a caballo, amenazó al cochero con su pistola, obligándolo a apearse; abrió la puerta del coche y me apuntó con su arma; dijo algo: el dinero o la vida, y acto seguido me desplomé inconsciente.

DEFENSOR:

Decidnos ¿cómo os habéis dado cuenta de que había sido la dama quien os golpeó en la cabeza?

PRINCIPE DE GALES:

Me quedé pasmado al ver a DuVall… quiero decir que estaba mirándolo. Todo fue muy confuso… de haberme disparado habría muerto… desperté en un momento en que me ataban los pies. No supe mucho, pero ella estaba allí, ayudándolo. Sentía que hablaban… Luego me golpearon de nuevo…

DEFENSOR:

¿Tenéis pruebas que atestigüen de que el acusado Claude DuVall, como quiera que haya sido todo, manipuló el juicio de la dama, obligándola a participar con él para sus fechorías?

CLAUDE DUVALL (Altivo, para sí):

Felonías, caballeros, felonías…

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (Golpeando su martillo):

¡Callaos! Hablad cuando se os ordene.

PRÍNCIPE DE GALES:

¿Qué pruebas queréis? ¡Es un bandido!

DEFENSOR:

Responded las preguntas, Alteza.

PRÍNCIPE DE GALES (Luego de una pausa y visiblemente irritado):

No señor, no poseo pruebas. Tan sólo sé que los vieron en la Vía Norte, en la taberna…

DEFENSOR:

Suficiente, Majestad, suficiente.

(Pausa. Se pasea por la sala)

Quisiera llamar al estrado otro testigo…

(Murmullos en la sala)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (La voz un tanto fuerte y con rapidez):

Vuestro siguiente testigo, señor Acusador.

ACUSADOR (Poniéndose de pie):

Llamo al estrado al señor Arzobispo de Canterbury.

(Alboroto en la sala)

PLEBEYO 1:

¡Ahora los anglicanos haciendo de las suyas!

PLEBEYO 2:

¡¿Cómo?! ¿Otro disgusto para nuestro Rey? (Pone su mano extendida detrás, sobre la nuca) ¡Habrá de ponerse malo de la cabeza! (Risas)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

¡Orden!

(La sala continúa en risas y murmullos)

¡Orden!

(Silencio en la sala)

Señor Acusador, iniciad vuestra interrogación.

ACUSADOR (Luego de una pausa):

Señor Arzobispo, ¿conocéis al sujeto (Señalando a DuVall) acusado en este juicio?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

En efecto, lo conozco.

ACUSADOR:

Excelencia, ¿podríais decirnos cómo y por qué lo conocéis? Pareciera ser que, por vuestra elevada posición, sería infrecuente conocer a una persona de tan baja categoría… a menos que fuera en una vía larga, peligrosa… llena de bandidos.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Ciertamente. Conocí al caballero en Hounslow Heath, volviendo de Windsor, en la Exeter Road.

ACUSADOR:

¿Cómo lo habéis reconocido, Excelencia?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¿Cómo dejar de conocer a quien dinero me ha robado?

PLEBEYO 1:

¿Cómo habríais de olvidarlo, si tanto pensáis en él? (Risas)

ACUSADOR:

¿Podéis señalarlo?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Es él (Señala a DuVall).

ACUSADOR:

¿Acusáis a aquel caballero de hurto, señor?

(El Arzobispo es interrumpido bruscamente por el Juez Morton)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (Irritado):

Señor Acusador: explicadme algo: ¿cómo es aquello de que el señor (Señalando al Arzobispo de Canterbury) ha sido hurtado por el caballero (Señalando a DuVall)? ¿Es acaso eso lo que habéis dicho? No respondáis. (Pausa) Sois empleado de la corte, según sé, desde hace unos años, seis para ser precisos. Supongo que es un tiempo prudente para aprender las maneras correctas y el buen trato… ¿no lo creéis, señor? No respondáis. (Pausa) Habéis sido elegido como acusador de este juicio ¿no? (Silencio) ¡Responded!

ACUSADOR (Visiblemente nervioso):

Sí, Su Señ…

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

…¿sabéis distinguir entre un noble y un bandido? O, ¿sois acaso idiota?

ACUSADOR:

No, Su Señ…

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

…¿hacéis gracia de mí?

ACUSADOR:

No, Su Señ…

(Murmullos en la sala. El Juez Morton observa fijamente a Acusador)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

Continuad con vuestro trabajo, señor Acusador, y no digáis idioteces.

ACUSADOR:

Sí, Su Señoría…

(Pausa. Se gira de nuevo hacia el Arzobispo)

Excelencia, ¿acusáis a Claude DuVall de hurto?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

En efecto.

ACUSADOR:

¿Podéis contarnos cómo sucedió?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Pues bien, me llegaba a Londres por aquella peligrosa vía, para asistir a la Misa de Nuestra Señora, en la abadía principal. Venía en compañía de una dama distinguida y noble; ésta venía de paso, pues seguiría en el mismo coche hasta Dover, para llegarse luego a Calais. En todo caso, sabíamos de la existencia de los bandidos. Ya en una ocasión había sido yo testigo en el juicio en contra del bandido Dick Turpin, quien me había robado unas libras, y que fue condenado a muerte en la corte del señor Juez Morton. En esta ocasión fue aquel (Señala a DuVall) quien hizo detener el coche, en algún lugar de Hounslow Heath.

ACUSADOR:

¿Os amenazó de muerte a cambio de vuestro dinero?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

En efecto.

ACUSADOR:

¿Cuánto dinero os robó?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Cien libras, señor.

ACUSADOR:

¿Qué sucedió después?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

El bandido tomó el paquete, montó en su caballo y partió, vía Norte.

(Silencio en la sala)

ACUSADOR (Se gira, hacia el juzgado):

¿No pensasteis en reaccionar, en defenderos del ladrón?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

De ninguna manera. ¡Me habría matado!

ACUSADOR:

¿Distinguís el arma que el bandido usó en el hurto?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Era un arma bastante peculiar… como un pequeño trabuco. Además de su espada, ceñida a la cintura por supuesto.

ACUSADOR:

No más preguntas su señoría.

(Murmullos en la sala)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

Señor Defensor, haced vuestro interrogatorio.

DEFENSOR (Poniéndose de pie):

Gracias Su Señoría.

(Pasea su mirada por el estrado, casi sonriendo; luego la posa sobre el testigo)

Habíais mencionado una dama en vuestra declaración, ¿no es así Excelencia?

(Pausa) Una dama distinguida que viajaría a Francia…

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

En efecto.

DEFENSOR (Luego de una pausa):

¿Tocáis el flageolet, Excelencia?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¿Qué queréis decir, Señor?

DEFENSOR:

Quiero deciros (Gira hacia el Juez) si se me permite, que tal vez vuestra memoria os esté fallando, Monseñor.

ACUSADOR (Elevándose de su puesto súbitamente):

¡Protesto Su Señoría…!

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

…protesta concedida…

ACUSADOR:

El testigo está bajo juramento.

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

Aceptada. Ateneos a los hechos, señor Defensor.

DEFENSOR:

Quiero decir que mi defendido, el acusado DuVall, ha hecho una mención peculiar acerca de vuestro caso y que ciertamente no ha sido referida; más bien ha sido pasada por alto. No sin razón, tal vez.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¿Qué queréis decir?

DEFENSOR:

¿No recordáis alguna interpretación aquel día, a manos de vuestra dama acompañante?

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

Sed más claro, Señor Defensor. Esta es una corte, no una taberna. Ateneos a los hechos; y hacedlo pronto.

(Silencio en la sala)

DEFENSOR:

Señor Arzobispo, habéis dicho hace unos instantes que el bandido os robó unas libras que llevabais, y que, luego de amenazaros, tomó el paquete y huyó.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Ciertamente.

DEFENSOR:

¿Las entregasteis vos mismo, o fue vuestro cochero quien lo hizo? ¿O lo hizo la dama?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

De hecho, lo hice yo mismo.

DEFENSOR (Luego de una pausa):

Quisiera que contarais al jurado, paso a paso, cómo ha sido que el acusado DuVall hizo posesión de vuestros dineros.

ACUSADOR (Poniéndose de pie):

¡Objeción!

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

¡Denegada! ¡Continuad!

DEFENSOR:

¡Hablad, Arzobispo!

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Pues bien… (Pausa. Observa al Acusador y luego al Juez Morton) En mitad del viaje, a plena luz del día, y después de escuchar un trote de caballo que se acercaba, oímos un alarido afuera, que veía en dirección nuestra. Luego el coche se detuvo. Temí que fuera uno de aquellos llamados “Dandis de las Vías”, como me había acaecido ya con el bandido Turpin. Escuchamos un forcejeo afuera… unos segundos después se abrió la puerta del coche y vimos un sujeto, apuntándonos con un arma.

DEFENSOR:

¿Dijo éste: ¡el dinero o la vida!?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

En efecto.

DEFENSOR:

Y acto seguido vuestra mereced le entregó el dinero.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

No ciertamente…

DEFENSOR:

¿¡No le entregasteis el dinero…!?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

No… no señor.

DEFENSOR:

¿Qué sucedió entonces? Permitidme adivinarlo entonces Excelencia… la dama…

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

…la dama, en una acción veloz, hizo algo que cambió las intenciones del bandido… aunque sólo por un tiempo.

(Murmullos en la sala)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (Golpea su martillo):

¡Silencio!

DEFENSOR:

¿Qué queréis decir con ello, Monseñor?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Quiero decir que, cuando estuvo el bandido frente a la puerta del coche, apuntándonos, la mujer que me acompañaba tomó un flageolet y comenzó a tocar.

(Se escuchan bullicios en la sala)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (Golpea su martillo):

¡Orden!

(Silencio en la sala)

¡Proseguid!

DEFENSOR:

¿Qué habéis hecho entonces, Monseñor?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¡Nada!

DEFENSOR:

¿Y luego?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Luego…

DEFENSOR:

¿Queréis que os refresque la memoria, Excelencia?

ARZOBISPO DE CANTERBURY (Lanza una mirada iracunda):

En el momento en que la dama comenzó a tocar, el bandido se apeó, tomó otra flauta de entre sus bienes y se acercó hasta quedar frente a nosotros. Yo estaba quieto, pues cualquier movimiento en falso era una orden de disparo para el bandido.

DEFENSOR:

Contad lo sucedido entonces.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Al cabo de unos compases, no malos para ser sincero, el bandido ofreció su mano a la dama para bajarla del coche…

DEFENSOR:

…y acto seguido comenzaron a bailar. (Murmullos en la sala)

¿Y qué hacíais vos, Monseñor?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¡Nada!

CLAUDE DUVALL (Indiferente):

Vosotros los curas jamás aprenderéis a bailar.

(La sala estalla en risas)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

Guardaos de hablar, acusado. ¡Orden! (Golpea fuertemente el martillo) ¡Orden!

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¿Qué importa todo esto? Aquel hombre ha cometido un hurto, con intenciones…

DEFENSOR:

…Callad, Arzobispo. Yo haré las preguntas.

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

¡Orden! (Golpea fuertemente el martillo) ¡Orden! Demonios… ¡Orden!

(La sala se silencia poco a poco)

Os lo advierto señor Defensor, esto no es una taberna. Si no tenéis más oficio en la justicia, entonces apelad por la comedia, que veo tenéis talento para entretener al pueblo. Pero no se os ocurra tomar mi corte de escenario. (Lo mira fijamente) Haced vuestro trabajo… ¡y presto!

(Murmullos en la sala)

DEFENSOR:

Monseñor: luego de que la pareja hiciera sus galas… ¿qué sucedió?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

El bandido ayudó a subir a la dama al coche; acto seguido se arqueó ante mí, como si esperara la ovación del público…

DEFENSOR:

¿Y después?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Luego dijo que tomaría posesión de algunos dineros.

(Silencio en la sala)

DEFENSOR:

¿Y tomó todo el dinero o sólo…?

ARZOBISPO DE CANTERBURY (Despaciosamente):

Sólo cien (Pausa). Luego me devolvió la bolsa, diciéndome que tomaría unas libras, por haberme negado a bailar.

DEFENSOR:

¿Creéis que la culpa entera recae sobre el acusado, o que tal vez la dama tuvo algo de complicidad en el hurto… más allá de lo que habéis expuesto al jurado? Recordad que estáis bajo juramento.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

No lo creo… la mujer en cuestión es dama noble…

DEFENSOR:

…ateneos a los hechos, Excelencia.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¿Qué queréis que os diga?

DEFENSOR:

La verdad, Excelencia… Vuestra Santa Verdad, por supuesto.

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Me niego a creer que la dama participara del hurto… no tenía necesidad, eran sólo cien libras…

DEFENSOR:

…cien libras que os han llevado a mentir, Monseñor, o ¿habéis olvidado que os guardaste todo esto, lo del baile y la flauta, para vuestras memorias parroquiales?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

Quiero decir que no creo que la mujer hubiese querido, por juicio propio, cooperar con el bandido.

DEFENSOR:

¿Por qué creéis que lo hizo entonces?

ARZOBISPO DE CANTERBURY:

¡Para tener más tiempo!

DEFENSOR:

¿Tiempo para qué, Excelencia?

ARZOBISPO DE CANTERBURY (Mirando hacia el Juez Morton, suplicante):

¡Para que llegase alguien que nos socorriese! ¡Por Dios Santo!

(Silencio en la sala)

DEFENSOR:

Por Dios Santo, que habéis sido objeto de una burla… y de parte de una dama… (Pausa) No más preguntas, Su Señoría.

JUEZ SIR WILLIAM MORTON (La voz un tanto impaciente):

Vuestro siguiente testigo, señor Acusador.

ACUSADOR:

Llamo al estrado al duque de Norfolk.

PLEBEYO 1 (Un alarido):

¿!También vuestra mujer en mocedades, duque!?

PLEBEYO 2:

¡Dadle la bendición a este hombre de damas, Arzobispo!

(La sala estalla en risas)

JUEZ SIR WILLIAM MORTON:

¡Orden! (Golpea fuertemente el martillo) ¡Orden!

FIN DEL ACTO II

LAS GALANTERÍAS DE CLAUDE DUVALL – ACTO I - Sábado, Dic 20 2008 

DRAMATIS PERSONAE.

 

REY CARLOS II DE INGLATERRA.

DUQUE DE NORFOLK.

PRÍNCIPE DE GALES.

ARZOBISPO DE CANTERBURY.

BARÓN DE PRESTON.

CONDE DE HASTINGS.

DUQUESA DE RICHMOND.

DUQUESA DE BUCKINGHAM.

CONDESA DE M…

JUEZ SIR WILLIAM MORTON.

CLAUDE DUVALL.

CARDENAL.

 

Damas, curas, oficiales, jurado, funcionarios de la corte, guardias, músicos, plebeyos, mensajeros y sirvientes.

 

 ACTO I

ESCENARIO – Toda la obra transcurre en Inglaterra, entre el 20 y el 21 de enero de 1670.

 

 

Enero 20 de 1670: Sala de visitas en la Casa Real de Carlos II, Whitehall, Londres.

 

Escenario: Una sala amplia, lujosamente decorada. Una mesa pequeña, dos sillas; en una, la Duquesa de Richmond. El Rey permanece de pie, frente a un retrato de su padre.

 

CARLOS II:

No sois la primera mujer que pide por la vida del condenado. Hasta ahora han sido casi una docena de ellas, teniendo en cuenta que a esta sala sólo ingresan miembros de la nobleza. Hacen su entrada como si presidiera una fiesta, de una en  una y con sus mejores galas, y una vez se ven a solas conmigo se lanzan inconsolables a mis pies, a derramar ríos de lágrimas. ¿Acaso mis nobles ignoran las andanzas de sus mujeres?…

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…Su Alteza…

 

CARLOS II:

…¡por supuesto que no! Ellos lo saben y por eso han pedido su cabeza. ¡Valiente criminal! (Pausa) Mi Señora: es muy temprano aún para la hora de visitas. He accedido a veros sólo por los favores que he recibido de vuestro esposo, el duque. Esperaba de vuestra merced noticias de Flandes… no otro torrente de lágrimas…

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…Su Alteza…

 

CARLOS II:

…¿sabéis? Desde que se dieron noticias de su captura no ha habido más que tumultos en la entrada del palacio, todos ellos gritando ¡DuVall! ¡DuVall!, y en las tabernas no se habla más que de él y se pide mi cabeza a cambio de la suya… ¡y ahora una horda de llorosas cortesanas que imploran su perdón! ¿Acaso se viene una plaga, no ya de muertes infecciosas, sino de chiquillas enamoradas? O, ¿acaso una Gran Quema, no de fuego ardiente, sino de plebeyos, en ardorosa exaltación por un bandido? ¡Valiente criminal!

(Entra un sirviente del Rey cargando una bandeja. Ofrece una copa al Rey, y luego otra  a la duquesa. Habla aquél, luego de un sorbo a su copa. Tiene una sonrisa enmarcada en su rostro, mientras mira con fijeza el retrato de su padre, Carlos I, de Van Dyck)

Por ejemplo, antes de vuestra merced entrar en esta sala, había apenas despachado a una doncella (Bebe otro sorbo), aunque no tan doncella por supuesto, que había llegado con una petición ligeramente distinta a la vuestra, Duquesa de Richmond. Al terminar su petición, Milady, no podía creer en aquello que mis oídos habían acabado de escuchar… pensé volverme loco… o no tanto… aunque sí me hizo pensar en dejar a un lado a Flandes y atacar con todas mis tropas a Francia, y hasta el cansancio, sólo por haber parido a un desgraciado como DuVall. (Bebe un sorbo; gira, toma una expresión fingida, imitando una dama distinguida y apesadumbrada, y adelgaza su voz). ¡Os pido, alteza, interceder por el alma del condenado, pues éste me ha prometido fidelidad, justo antes de ser atrapado! ¡Os lo pagaré librándoos del bandido, para que aquel pague su promesa, llevándomelo a mis aposentos en Sussex! (Normaliza el tono) Y luego se lanza a mis pies, hecha lágrimas, dando alaridos de loca, peores a los que escucharía Pepys desde la torre, de mil londinenses consumiéndose en las llamas. ¿Podéis creerlo? (La observa fijamente durante un lapso corto) ¡Por supuesto que lo creéis! ¡Por supuesto que lo creéis! (Pausa) ¿Sabéis, Milady? Aquel DuVall, en aquel episodio con la dama en cuestión –muy comentada en las tabernas recientemente-, había atracado su berlina, que llegaba de Yorkshire, y pidió que entregaran las bolsas de dinero, a cambio de sus vidas… estaba presente el hijo del Rey de Gales, el Príncipe heredero, a quien esta damisela servía de acompañante, o algo similar… ¿Queréis que os cuente qué ocurrencia se le vino a la mente de la desdichada?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Sí, su Alteza.

 

CARLOS II (Mirando fijamente a la duquesa, y al borde de estallar de la risa):

Ésta, en un ataque de valentía, que recordó los años de Ricardo Corazón de León en su salida hacia el Este, y luego de ver que el cochero huía espantado al ver el rostro del bandido, descargó su cofrecillo de pertenencias sobre la cabeza del heredero al trono, dejándole idiota y sin conciencia. No contenta con ello se ofreció para ayudar a atarlo, de un árbol, de un pie y un brazo, como efectivamente hicieron, según lo propuso la dama. A lo cual aprovechó DuVall despojándolo de sus bienes, unas quinientas guineas no más, y partieron con alegría y exaltación de espíritu hacia alguna taberna de la zona, para vender el carruaje y beberse unas pintas, a la salud del Rey de Gales (Ríe).

 

DUQUESA DE RICHMOND:

¿Y cómo ha reaccionado Su Majestad, a tan insolente actuación?

 

CARLOS II:

De igual manera como lo he hecho con las demás doncellas que han venido con peticiones similares.

 

DUQUESA DE RICHMOND:

¿Las habéis enviado a la Torre?

 

CARLOS II (Se pasea por la sala, muy despaciosamente):

Hacéis demasiadas preguntas, Duquesa de Richmond. Demasiadas para ser toleradas por un Rey. (Pausa). Bien sabéis que poseo un trato de privilegio con mis nobles, como es bien sabido en la corte. (Bebe un sorbo). Y se me lo reprocha. ¿Cómo pretendéis que las lleve a la Torre, si soy entendido de la situación?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Su Majestad es prudente; hace bien.

 

CARLOS II (Haciendo como que no escucha):

¿Qué pensarían de la nobleza, si, llegándose a la corte, se encuentra con que las mujeres todas se han ido al calabozo? ¡Sería una comedia grata a los oídos del inútil de Carlos de España! No, duquesa, la solución no ha sido enviarlas a la Torre.

 

DUQUESA DE RICHMOND (Con un semblante grave):

¿Cuál ha sido entonces la decisión de Su Majestad?

 

CARLOS II (Levantando su copa en señal de brindis):

He decidido que compartan la dicha, todos por igual. Les he prometido a los nobles la cabeza de DuVall para las ceremonias en la corte, y un trozo de su cuerpo para cada una de ellas, Madame. ¡Salud!

 

(Entra el sirviente del Rey sosteniendo una bandeja. Sirve líquidos en las copas del Rey y de la Duquesa. Sale. Entra un mensajero)

 

MENSAJERO:

Carta para Su Majestad.

 

CARLOS II (Asiendo la carta):

Es del juez Morton.

(Abre la carta y comienza a leer, mientras se pasea por la sala. Sale el mensajero. La Duquesa de Richmond mira al Rey fijamente y se acaricia sus manos con impaciencia)

Mañana colgarán a DuVall.

 

DUQUESA DE RICHMOND (Notablemente afectada y nerviosa):

¿Sin juicio previo?

 

CARLOS II (Guardando la carta, molesto):

¿Cómo es posible? Aunque de todas formas habrán de colgarlo.

 

(Silencio en la sala)

 

DUQUESA DE RICHMOND (Acelerada, mirando hacia el baldosín, enrojeciendo de pronto):

Con Su permiso, Majestad, debo deciros que tal suceso no os conviene para…

 

CARLOS II:

…¡Qué diablos…!

 

DUQUESA DE RICHMOND (Elevando la voz):

…os ganarías la ira del pueblo…

 

CARLOS II:

…¡Cómo os atrevéis…!

 

DUQUESA DE RICHMOND (Quedándose sin aire):

…¡sabéis que os presiona la corte a favor del condenado!

 

CARLOS II:

¿Me juzgáis? ¿Acaso me juzgáis, duquesa? (Pausa. La observa con ira. Junta sus manos por detrás y comienza a pasearse por la sala, hasta quedar de frente al retrato de su padre).

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Su Alteza… podéis ganaros el favor del pueblo… ya es Vuestro el de la corte entera…

 

(Silencio en la sala)

 

CARLOS II:

¡Música!

(Comienzan a sonar dos violines)

Contad, ¿cómo os ha sucedido?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Hace varios años ya… DuVall apenas era un mozuelo. Mi esposo, el duque, lo había tomado como palafrenero en nuestro castillo, hace unos diez años… había acabado de llegar de Francia…

 

CARLOS II:

…al yo tomar el trono de Inglaterra…

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…precisamente. Allí aprendió las maneras y a tocar el flageolet

 

CARLOS II:

…y a domar bestias…

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…hasta que decidió hacerse bandido. Entonces huyó…

 

CARLOS II:

¿Habéis vuelto a verlo?

 

DUQUESA DE RICHMOND (Luego de un silencio):

Si, Su Alteza. Me busca dos veces por año…

 

CARLOS II:

…¿Lo sabe el duque?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Por supuesto que no, Su Majestad.

 

CARLOS II:

¿Qué os ha prometido, el bandido ese?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Nada, ni siquiera habla de amor… sin embargo me busca…

 

CARLOS II:

…¡valiente criminal…!

 

DUQUESA DE RICHMOND (Deshaciéndose en lágrimas progresivamente):

…debéis perdonarlo, Su Majestad… haré cuanto… (Se pierde su voz)

 

CARLOS II (Camina hasta el retrato de su padre, luego gira):

¿Qué dicen mis nobles a mis espaldas?

 

DUQUESA DE RICHMOND (Componiéndose):

Se habla siempre de colgar a DuVall, como a tantos otros bandidos; pero también saben que ahora es distinto. Ellos saben que Vuestra Excelencia atraviesa ahora por una situación delicada, por las demandas de los burgueses; ellos saben de las presiones que acosan a Vuestro Reino. Sin embargo esperan, sin actuar, para no ocasionaros más disgustos…

 

CARLOS II:

…los nobles nunca disgustan a nadie…

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…saben además que podría Vuestra Merced ganarse el cariño del pueblo…

 

CARLOS II:

…¡perdonando a un bandido…!

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…ganaría también el favor de muchas damas…

 

CARLOS II:

…¡la horda de chiquillas! ¡Por qué no! ¡Y tal vez nombrar barón o quizá Obispo al condenado aquel! ¡Valiente criminal! ¿Sabéis, Milady? Vuestras ideas sobre la Torre no son del todo descartables…

 

DUQUESA DE RICHMOND:

…Vuestra Excelencia sabe que no son juicios ligeros. Aplacar los ánimos del pueblo y ganar el favor de las damas… podría Vuestra Merced compensar a los nobles ultrajados con algunos bienes…

 

CARLOS II (Escupiendo su copa):

¿Qué sabéis de la plebe?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Dan por hecho que DuVall será colgado, y piensan tomar partido en contra de muchos nobles; varios han decidido imitar a aquellos dandis, sólo para asaltarlos en las carreteras. Se habla también de la tiranía de Vuestro padre, que según dicen ha vuelto a pasearse por los ámbitos Reales. (Carlos II vuelve a escupir en su copa)

Los burgueses no dan opinión al respecto, pero buscan motivos para acusar a Su Majestad.

 

CARLOS II:

¿Cómo sabéis todo esto, Milady?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Lo sé por varios de mis cocheros y criados, que frecuentan las tabernas… uno de ellos asistió a su captura en el Marqués de Granby, la taberna cerca al Strand, justamente…

 

CARLOS II:

…¿Y vuestro esposo, el duque, acaso los educa también para bandidos o sólo se le ha ocurrido con el bellaco de DuVall? ¡Valiente joya que le ha salido! ¡Una perla del ducado de Richmond!

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Mi esposo maldice su suerte, por haberlo empleado, pues le causa penas a Su Majestad…

 

CARLOS II (Para sí mismo):

…habrá que condecorarlo…

 

(Silencio en la sala)

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Otorgadle el perdón, Su Majestad. Os lo pide una dama fiel, al frente de una corte de damas quejumbrosas.

 

CARLOS II:

¡Música!

 

(Inicia de nuevo el violín)

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Chiquillas o no, Su Majestad, son damas que os han sido gratas, y que son agradecidas, Milord.

 

CARLOS II:

¿De qué habláis, duquesa?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

De aquellas a quienes llamáis chiquillas. ¿Lo hacéis también en la intimidad? Apostaría…

 

CARLOS II (Mirándola con severidad):

…¡no se hable más sobre las… damas de esta corte!

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Decidme, Milord, ¿qué habéis hecho para castigarlas?

 

CARLOS II:

¡Las he devuelto a sus dueños, para que las corrijan a nalgadas!

 

DUQUESA DE RICHMOND:

¿O se las habéis dado vos?

 

CARLOS II:

Os llevaréis la peor parte, duquesa.

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Tal vez la llevéis vos, Alteza. Flandes es Vuestro y Luis no demorará en compartir Vuestra ira por España. Sin embargo de poco servirá, pues os comerá la ira del pueblo.

(Silencio en la sala)

Otorgadle el perdón, Su Majestad. Aún hay tiempo.

(Se observan durante largo tiempo)

 

CARLOS II:

¿Qué haréis con él?

 

DUQUESA DE RICHMOND:

Lo que Su Alteza ordene.

 

CARLOS II:

Lo expulsaré de mi Reino. Si sobrevive en el exilio, será cosa vuestra, Madame. Si regresa a mi Reino, será cosa del Rey.

 

DUQUESA DE RICHMOND:

¿Debo agradeceros, Milord?

 

CARLOS II (Toma el rostro de la duquesa con la mano y la observa con picardía):

Lo harás cuando posea Flandes. Por lo pronto largaos de aquí, y enviad recados a mis chiquillas…

 

(Sale la duquesa de Richmond, a la vez que entra la condesa de M…)

 

CONDESA DE M… (Deshaciéndose en lágrimas):

¡Milord! ¡Milord! ¡Ha acaecido una desgracia…!

 

 

FIN DEL ACTO I

Problemas en la construcción de la obra Viernes, Dic 19 2008 

 

Sospecho que el motivo general de la obra resultaba ser la recreación del personaje. Éste inicialmente aparecía solo, frente a una serie de imágenes poderosas que persistían en la imaginación, y que a la vez se entrelazaban con la de DuVall, enriqueciéndolo; todo ello en abigarrado conjunto, más ordenado por sensaciones que por ideas o estructuras. Una de aquellas imágenes era la de las damas, que presencian la condena, silenciosas y con máscaras puestas; luego aparecía el juez, muy incisivo en las condenas a tales crímenes; finalmente el Rey, quien accede a otorgar un perdón imposible, debido a multitud de peticiones de damas cortesanas. Aquellas imágenes constituían, creía yo, un panorama seductor para un escenario dramático, con objeto de ensalzar la figura de un bandido; y más que eso era para mí la resonancia que poseían los actos del personaje, sus hechos, en el momento en que se reúnen todos a raíz de su condena. Era allí, en la sentencia a muerte, donde debía situarse la obra, su punto inicial, donde abarcaría mayor esencia y de donde podía moverse para incluir los aspectos que le nutrían y rodeaban.

Sin embargo, no resultaba ser tarea fácil, puesto que, durante la documentación, encontraba uno multitud de eventos, ocasiones mencionadas por los tratados y diccionarios, y datos coloridos que me seducían enormemente para ser introducidos en la obra: todo ello con el ánimo de abarcar aspectos de la obra, no tanto quizá por rigor académico como por el placer estético que me sugería. Uno de aquellos eventos, que resultó ser factor de peso a la hora de componer la obra, fue el retrato de las mil peripecias que acosaron al Reino en aquella época, bajo el mando de Carlos II. Éste influía de manera decisiva en la constitución del evento principal, a saber: la seducción de las damas nobles, a manos del personaje, un plebeyo francés con dotes gallardas. Es un recuadro colorido y generoso en situaciones: La Gran Quema, acaecida en Londres en 1666, que dejó dos tercios de la ciudad en ruinas; La Gran Plaga, que acabó con buena parte de la población de la isla; la notable situación que persiste socialmente, luego de la Guerra Civil, ocurrida bajo el gobierno de Carlos I –La Carta Magna, Cromwell-. Quiero decir que la recreación de aquellos aspectos de la época, eran en gran parte vitales a la hora de construir el personaje, ya que éste dependía en buena medida de la resonancia que sus actos producían, tanto en una nobleza rígida y privilegiada, como en una plebe insatisfecha y creciente. De manera que, en la exposición de sus bizarrías, las damas aparecían como víctimas y como elementos de glorificación: éstas son el motivo del pronunciado disgusto en la corte contra el bandido, y son a la vez quienes dimensionan el personaje, a ojos del pueblo y de las épocas venideras.

Otro de los aspectos vitales fue el juicio, que según se cuenta en la biografía de DuVall tuvo gran concurrencia, y fue difícil: la presencia de los nobles, con sus acusaciones, dieron motivo de entretenimiento a la masa de plebeyos, además del perdón del Rey, que se hizo a petición de las damas de la corte, y que dio motivo de charla en las tabernas durante luengos años, hasta mis días. No se hace necesario decir que tal evento resultaba vital; más aún, éste me obligaba –desde la perspectiva de la composición- a incluirlo, puesto que permitía la reunión de muchos personajes: todo con objeto de la exposición de las acusaciones, y de las reacciones del pueblo frente a éstos. Nada más apropiado para ensalzar un bandido que contrastar las castas sociales que lo rodean.

Inevitablemente –y para mi gran desdicha- la escena de la ejecución de la condena, en la horca, debía ser incluida: de nuevo la presencia del pueblo y de las damas enmascaradas. Otro factor, que incluyo aquí por tener vínculo próximo con la muerte del personaje, es el epitafio, que posee una magia extraña y esboza su carácter poderosamente. Además éste posee arraigo en mi memoria, pues lo descubrí por casualidad en una de mis caminatas londinenses: dispuse de tiempo para recorrer la ciudad en busca de aquel epitafio, asistiendo a la capilla que mencionan las biografías, donde se supone enterrado: “It´s a myth”, fue lo que me dijo el párroco de la capilla de St. Paul, en Covent Garden. (Durante la obra se hace mención a la Catedral de St. Paul, no la capilla, pero todo fue por el deseo de mencionar al arquitecto Sir Christopher Wren, es decir, por capricho estético). Y luego la busqué en otras iglesias y catedrales –St. Giles, St. Mary le Bow- sin ventura. Vuelvo al inicio del párrafo: gran desdicha para mí, pues harto cariño había tomado al personaje, y me decía: “lástima que tenga que matarlo” como si tuviera que hacerlo con mis propias manos.

Tenía, pues, tres escenas, según mis impresiones del conjunto. Sabía de un juicio y de la muerte: falta un evento, donde había de manifestarse el perdón del Rey. Me fue aconsejado el diálogo entre la dama que pide el perdón y su confesor: de esa manera se abriría el corazón de la mujer, y con ello sus intenciones. Pero con ello dejaría a un lado los eventos de la época, que con tan gusto estudié en mis ratos de ocio en la capital inglesa: decidí la presencia del Rey, para poner de manifiesto las veleidades de su reinado, y de paso abrir el corazón de la dama –por vías de privilegio noble por supuesto-. Entonces Carlos II resultó ser un personaje de peso, ya que en sus manos estaba la obligación de otorgar un perdón, luego de la exposición de los hechos a los cuales las damas hacían referencia. Fue el personaje más difícil (después de DuVall por supuesto, ya que había compuesto todo un lío para que el bandido brillara, sin hablar casi), y tal vez mi preferido. Y era además un motivo para vislumbrar los problemas de la época, desde una perspectiva privilegiada. Es entonces cuando se ponen de manifiesto las penurias de su reinado y el caos social en la capital inglesa.

Cabe agregar que opté por la estructura de tres actos por comodidad y porque la obra así me lo planteaba, y no porque fuese la estructura clásica aristotélica o porque Wilde (a quien tenía siempre en mis pensamientos) hubiese apelado también a tal distribución. De igual manera con los diálogos y los incisos: todo obedecía a un modo de escritura por comodidad y sencillez: copié la forma de distribución según la edición de la obra de Brecht sobre Eduardo II, por parecérseme apropiada. Pero quiero ser puntual y claro en lo siguiente: la obra entera fue siempre un trabajo intuitivo y en todo momento espontáneo: si tuve conciencia de tres actos, eso ya era bastante: todo comenzaba a desarrollarse a medida que se escribía (tuve siempre en mente aquello de que el arte es una constante elaboración), y de esa forma salía airoso de uno u otro problema que yo mismo planteaba. Y eso puede observarse, según la velocidad y exuberancia de los diálogos: hay movimiento y cambio.

Sospecho que el motivo principal de la obra eran las bizarrías de DuVall y sus delitos como parte de estas gallardías. Al lector corresponde sólo deleitarse con el resultado; supongo que a mí, al menos por un tiempo, ya no me corresponde más.

 

Sobre el lenguaje y la cultura Viernes, Dic 19 2008 

 

Is this a boon so kindly given?

Lord Byron

  

Tomando como presupuesto que el lenguaje es una creación de las comunidades, civilizadas o precarias, significa que estamos asumiendo una visión actual del lenguaje y de la cultura. O bien reciente, según estudios sociológicos y lingüísticos, sin mencionar las demás áreas que se integran para alcanzar aquel concepto; y estudios llevados a cabo en uno u otro momento de la historia. También este supuesto según la teoría que la ha propuesto en esos términos. Sin embargo, resulta posible expresar esta verdad -el lenguaje es un uso social nacido de la interacción, con lo cual se define la cultura- desde otras épocas, desde la concepción que otras culturas y tiempos han tenido, su concepción natal que define sus propias civilizaciones. En éstas, el concepto no era el mismo en modo alguno, sino que estaba sujeto a las veleidades de sus situaciones y destinos particulares. Quiero decir que también ellos concebían el lenguaje como fruto de las relaciones humanas, pero daban un fin y un origen distinto, todo según una concepción del mundo que les era inequívoca. Según la manera como los hombres de las sucesivas épocas concibieron el lenguaje, con sus matices e imaginaciones, éste dictaba así mismo unas directrices que condicionaban el entendimiento del mundo que habitaban (y también esta sabiduría estaba a la mano de uno u otro privilegiado, según el momento y la latitud).

   Estas concepciones poseen una justificación desde la época misma en que se gestaron, según la idea que tenían aquellos hombres del mundo y de su ser. Y si bien es cierto que esta concepción de que el lenguaje surge con el contacto de dos hombres –casi como si fueran dos animales que se unen para sobrellevar el mundo-, inevitablemente estaremos afirmándolo desde la perspectiva de nuestra época, cuando el concepto se ha integrado a la concepción general y es nuestro común modo de entenderlo; y esta perspectiva, condicionada por su propio ideal del hombre y del mundo y por los misterios en que el ideal se ha generado, difiere también de las concepciones que antes de nuestro siglo se tenían, de las reglas de las perspectivas del pasado y del futuro que su propio modo de convivir les dictaba; de manera que estamos aproximándonos a las épocas pasadas con cierto orgullo o privilegio –ayudado en su mayor parte por el afán de informarse acerca del pasado, quiero decir la acumulación de datos-, como si nuestra concepción permitiera comprender a cabalidad otras tantas que se sucedieron y que en su momento fueron dogmáticas e ineludibles –también esto último lo ha dado por sentado la historia-. Pero esto no es para preocuparse, pues sucede no sólo con el concepto de lenguaje, sino también en toda la creación humana: las guerras y el arte tendrán proposiciones distintas para el futuro, para las mentes que se aproximan al pasado con ánimo de comprender el presente; y también según quien lo mire y bajo las circunstancias en que este acto simple de observación suceda.

   (La nuestra es quizá una época de gran estudio, pero éste encaminado según un ideal científico que ha prosperado debido a la constitución de las civilizaciones, según los eventos a los cuales se ha sometido el colectivo, y a los nuevos avances. Cada época concibe un modo de estudiar el pasado, de entenderlo, así como el de expandir su presente con ánimos de preservarse. O quizá no tan estudiosa como Siglo de las Luces, o el decimonónico español, caro a la gramática y la historia; quizá menos aún que la era de Alfonso XII, el llamado Sabio, al formar su escuela de traducción para que el mundo conociera las creaciones y las preservaran; mucho menos que la era clásica, o la era de Alejandría. Estas épocas de estudio, según la visión que tenemos de ellas, fueron un ir y venir de situaciones que desembocaron en otras, sin ley ni orden, como la crecida de un río que busca propagarse; hasta llegarse al presente, que es tan concreto y a la vez tan huidizo, que sucede ante nuestros ojos sin que podamos visualizarlo.)

   De modo que, según la forma de convivencia de las distintas comunidades de los hombres, según el uso que le daban a su lenguaje, según la manera como concebían el mundo, éste lenguaje suyo poseía un ideal distinto: un momento de aparición único y una justificación distinta; también una finalidad distinta. Todo ello, cultura y lenguaje, se explican y a la vez se justifican a sí mismos; pero, ¿es acaso tan sólo una figuración nuestra la que entendemos sobre un tiempo pasado, y que damos por sentada y que justificamos con nuestra visión de las cosas, dándola por certera y apropiada? ¿Excluimos con esto una posible concepción futura, que cambiará inevitablemente cuando nuestro ideal del mundo y nuestra cultura cambien; cuando el lenguaje cambie?

   La comprensión del lenguaje que tenían los antiguos judeocristianos, sucedía desde la creencia en un Dios creador. Después de Babel, al sucederse la ruptura de su unidad, distintos idiomas hicieron su aparición, como los destellos o manifestaciones últimas de aquel lenguaje pretérito y de Dios, que encerraban en sí el misterio y la magia de la creación; las palabras, con su carga primigenia, tal como fueron antes de Babel, crearon el mundo bajo el comando verbal de aquel Dios, proceso reiterado con la llegada del primer hombre quien debía nombrar cada cosa que veía para que éstas comenzaran a existir; y se sucedían las maravillas, unas tras otras, a medida que Adán descubría el paraíso, como si fuesen el rito máximo de iniciación a la deidad.

   Los griegos, la gran era del hombre, parecieron descansar un poco menos, pues la búsqueda de aquel lenguaje superior fue su desvelo máximo, entendido desde la Naturaleza personificada a la cual le eran atribuidas las pasiones humanas que ellos concibieron como las más altas y privilegiadas –o quizá no tanto, también hubo allí pasiones abyectas-. Su búsqueda se situó en un momento de prosperidad, luego de las Guerras Médicas, y como centro de un mundo habitado por bárbaros (esto en su sentido nacionalista, por supuesto, no sería atinado juzgar la cultura china o hindú como bárbara, en la acepción que conocemos). La expresión de la verbosidad de aquel lenguaje, dio sus frutos en una amplia gama de saberes. Su enumeración es inútil. Interesa, tanto como los resultados de su trabajo, los ideales que los impelían y la justificación del mundo, del cual se sentían herederos y privilegiados. Por lo pronto nos ocupa su concepción del lenguaje, y sabiendo que poco habré de concluir con ello sin antes esclarecer otro término, daré paso a una relación directa entre la definición del lenguaje con otro también un poco misterioso y omnipresente, el del fuego. Esta teoría ha parecido “interesante” al psicoanálisis, que no la descarta pero que tampoco ahonda en ella, por parecérsele en grado sumo “fantástica”. Hago su citación en este punto, pues contrasta con dos aspectos propios de la cultura griega: el fuego, el modo en que fue dado a los hombres y cuya metáfora es la tragedia de Prometeo, y la homosexualidad. Dice la nota al pie de página, en la obra “El malestar en la cultura”, capítulo tercero, a cerca de la dominación del fuego por parte del hombre: “El hombre primitivo habría tomado la costumbre de satisfacer en el fuego un placer infantil”, asumiendo la simbología de la llama serpentina y enhiesta; algunos autores citaron este hábito, “algo así como un acto sexual realizado con un hombre, un goce de la potencia masculina en contienda homosexual”. Obsérvese que el fuego aparece como un elemento común en los hombres de aquella precaria época, como si existiera sin un uso, llamémoslo óptimo, de tal fuerza; quizá lo mismo sucedía con el lenguaje, que era usado poco menos que para lo necesario. Continúa la nota, “el primer hombre que renunció a este placer, respetando el fuego, pudo llevárselo consigo y someterlo a su servicio. Al amortiguar así el fuego de su propia excitación sexual, logró dominar la fuerza elemental de la llama”. Si continuamos con la analogía fuego-lenguaje, este pasaje arroja luces sobre el sometimiento del hombre en su calidad instintiva, quien ya desde entonces poseía placeres y noción de ellos, pero con los cuales no construía nada útil, no lo aprovechaba o no estaba a su servicio; al someter su propio instinto, toma de él la sustancia esencial de su fuerza y le da un uso vital: “Esta grandiosa conquista cultural representaría, pues, la recompensa por una renuncia instintiva. Además, se habría encomendado a la mujer el cuidado del fuego aprisionado en el hogar, pues su constitución anatómica le impide ceder a la placentera tentación de extinguirlo”.

   (También la filosofía del Tao hace hincapié en la necesidad fundamental en el hombre de no desperdiciar su potencia masculina, y dedicar sus fuerzas a la satisfacción de la mujer, que por naturaleza es insaciable. Sin embargo, la teoría de Freud asume que “la sabiduría oriental”, al contrario de lo aquí planteado –aunque sin excluir o contradecir su nota al pié-, “trata de dominar las mismas fuentes internas de nuestras necesidades, consiguiéndolo en grado extremo al aniquilar los instintos.” De esa manera, “lograrlo significa al mismo tiempo abandonar toda actividad (sacrificar la vida), para volver a ganar, aunque por distinto camino, únicamente la felicidad del reposo absoluto.”)

   Bien sabemos que la cultura griega permitía el contacto con la belleza, preferiblemente de los hombres –también a DaVinci le era más interesante el cuerpo masculino, pues le generaba mayores problemas a la hora de la pintura y el cincelado-; o al menos concebía el mundo desde su bisexualidad. También Hipólito Taine, en su “Filosofía del Arte”, pone de manifiesto la comunión sexual entre hombres durante el Renacimiento, relacionándolo con la era clásica: aquella antigua civilización dio los más grandes frutos debido a la aceptación de su bisexualidad, pero luego de ello ésta fue prohibida, y el mundo cambió significativamente. Poco lo discute sin embargo.

   Así pues, el fin de tal sometimiento instintivo permitió la llegada del hogar, y lo que esto presupone. El valor del sentido de sociedad, no ya desde una base individual donde cada uno acumulaba y derrochaba por su propia cuenta, cambió por un sentido de unidad distinto, que abarcaba la preservación de la especie y el mutuo acuerdo para relacionarse. Este es un punto de partida para otro análisis que, según Steiner, condiciona la diferencia entre el lenguaje de las mujeres y aquel de los hombres, en cuanto a la función que tienen con respecto a esa fuerza sometida y comúnmente utilizada. Aquí se llega entonces a la confluencia de distintas corrientes a lo largo de los siglos, en distintas culturas, en un mismo punto esencial: la constitución de la pareja, la comunión de ambos sexos. Ésto ha suscitado gran variedad de interpretaciones. Pero, ¿no es acaso este dominio y concentración de las fuerzas del hombre, en común acuerdo con la contención e insaciabilidad de la mujer, el germen de una nueva perspectiva? Sin duda alguna, un análisis o rastreo de las fuentes de la memoria y su necesidad por el recuerdo, de la necesidad que tienen las sociedades de un pasado, podrían esclarecer este punto más aún, aunque con las posibles variaciones y sutilezas metafísicas que cada cultura se incline a proponer.

   ¿Hay algo constante entre la concepción de cada cultura, de cómo surgió su lengua y de cómo yace constituida? Sin duda el contexto en que el término del fuego ha sido tratado aquí, apunta más hacia la constitución de la cultura, a la civilización propiamente; con respecto al lenguaje, el fuego sería una metáfora que evocaría la fuerza interna del humano, que poseía tenía inerte en su precariedad, y que ha logrado someter, casi como una ventura o bendición -y como condena para quien lo hubo otorgado-. Con respecto al contraste con otros tiempos y civilizaciones, hablaríamos entonces de aquel individuo que halla placeres y sufrimientos en idénticas situaciones que aquel otro de un futuro que él no concibe –por estar lejos en el tiempo y constituido en otra cultura, en otra manera de concebir la comunidad, el ser y el mundo-, pero que nosotros vemos gracias a nuestra supuesta perspectiva privilegiada. Los conceptos de cultura, tiempo y lenguaje, de cómo el lenguaje se nutre y define aquellos sufrimientos y satisfacciones, muestran que no sólo son distintos de los que nos acosan y exaltan en nuestro huidizo presente, sino que demarcan el destino de los hombres del porvenir -a los cuales el presente otorga facultades inimaginables-. La discusión apuntaría también a analizar si las concepciones de los que nos precedieron poseen aún validez, o si correspondieron un momento y luego dejaron de tener lugar, porque sus culturas desaparecieron o porque otra definición suplantó la que poseían, y que por tanto nos son por completo inútiles. O mejor, ¿tiene importancia definir la procedencia, la justificación y el fin del lenguaje, como medio fundamental para entender nuestro momento de la historia?

 

 

 

 

 

 

 

BILBIOGRAFÍA

 

  • “El Malestar en la cultura”. Sigmund Freud. Obras Completas. Tomo III. Biblioteca Nueva. Madrid 1979.
  • “Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción”. George Steiner. Fondo de Cultura Económica. México 2005.
  • “Selected Poetry”. Lord Byron. Oxford World´s Classics. Oxford University Press 1994.

El Hombre Ilustrado de Ray Bradbury Viernes, Dic 19 2008 

 

Las pesadillas de Ray Bradbury prefiguran nuestra época. La decadencia de la naturaleza humana, el contraste entre los ideales en la cultura y el cambio de la percepción de la realidad, conforman las posibilidades del hombre de las épocas venideras. El hombre ilustrado encarna una imagen, más que una ideología, enmarcada en una historia cargada de simbologías; un oráculo tatuado en su omoplato derecho, una rosa en la mano, y un conjunto de dieciocho grupos de imágenes. Su retrato es el de un hombre desarrapado cuya conversación es trivial, con dejos de tedio y zozobra, sometido a un destino clarividente a través de una existencia común.

   Sin embargo su diálogo es inquietante cuando conserva el desdén y la desidia al narrar su vida, quizá como la alegoría de Casandra, su condena a través de la experiencia de un siglo tecnológico.  En dieciocho cuentos se narran los destinos que rigen la suerte de las imágenes, representaciones de distintos contextos imaginarios, a la vez fantásticos y terribles; estas representaciones ficticias apuntan hacia la fantasía espacial y la ciencia ficción, permitiéndole a la obra un conjunto de valores dispuestos sobre un marco experimental.

   Cada grupo de imágenes es descrito por otro hombre, que es también el narrador de la obra; se trata de un hombre común y corriente, que tiene la desdicha de conocerlo. Al final, éste huye hacia la civilización aún sabiendo que será cazado antes de que llegue. Sin embargo poco sabemos de él, lo cual remarca la personalidad del hombre ilustrado. Estos relatos que ha vislumbrado el hombre se constituyen según la cotidianidad de mundos hipotéticos, e introducen lo fantástico como una alegoría de la realidad.

   En “The Long Rain”, la noción del viaje a través del espacio y del tiempo, el desvanecimiento de la realidad o la suplantación de ésta en escenarios extraterrestres, propone una continuidad de la esencia humana, en un marco planetario. Aquí, un grupo de astronautas se pierden en Venus, donde llueve pesada y constantemente. Los viajeros atraviesan el paraje Venusiano con el objeto de encontrar un “domo solar”, un refugio con una amplia fuente de luz. Tras encontrar un domo solar destruido por los propios Venusianos, hallan otro donde, uno a uno, son conducidos hacia la locura y al suicidio debido al ritmo incesante de la lluvia. Al final de la historia, sólo un astronauta sano pervive, y se las arregla para encontrar un domo que habrá de salvarlo.

   Este sentido del viaje permite tramas comunes en escenarios a través del tiempo. “The Fox and the Forest” narra la historia de una pareja del futuro que huye de la guerra, permitiéndose unas vacaciones en un pasado más sereno,  con intenciones de escapar de allí con la ayuda de una compañía llamada “Viaje en el Tiempo. Inc.”. Viajan a México en 1938, pero son perseguidos por un agente guvernamental que los obliga a volver al 2155.

   Aquella visión constituye también un elemento de su visión del futuro, así como también buena parte de sus pesadillas; éstas son sin duda sus creaciones más perturbadoras. “The Exiles”, es un acercamiento a problemas hipotéticos sobre nuestra propia vida en la tierra, con representaciones imaginarias. En esta narración numerosas obras de literatura son prohibidas y quemadas. Los personajes ficticios son retratados como entidades que viven en un refugio en Marte. Sin embargo, son vulnerables; a la vez que los libros de los personajes son destruidos, éstos desaparecen por siempre. Cuando el grupo de personajes aprenden que algunos hombres vienen por ellos, realizan un contraataque, pero son repelidos por los astronautas quienes queman el resto de libros de la tierra, sin percatarse de haber aniquilado la colonia entera.

   En otros, el futuro es un porvenir tecnológico donde conviven las pasiones humanas, llevadas a la perdición por las situaciones que ellas mismas han ideado y desarrollado. En “The City”, una expedición de la tierra planea en un planeta inexplorado y son recibidos por un Ciudad aparentemente deshabitada. Luego se enteran de que la Ciudad los esperaba, pues querían aprovechar para vengarse de la Humanidad, ya que su cultura había sido exterminada con armas biológicas de los humanos, mucho antes de la historia recordada. Una vez que han matado a los astronautas, los cuerpos son usados como autómatas para finalizar  la gran venganza de la Ciudad; un ataque biológico a la tierra.

   Es un aspecto de señalamiento y antelación de los ideales que han generado sus propias instituciones. En éste la humanidad cumplirá su condena o su salvación de modo implacable y terrible. En “The Other Foot”, Marte ha sido colonizado solamente por negros. Cuando se enteran de la llegada de una tripulación terrestre, adelantan una segregación racial, como venganza hacia la historia de errores del hombre blanco, perpetrada contra su raza. Al enterarse de la guerra y posterior destrucción de la tierra, y luego de la petición de ayuda, la gente se da cuenta del daño que acaece debido a la discriminación e interrumpen la segregación planeada.

   Las prefiguraciones del fin del mundo y la fantasía de lo imposible en la vida del hombre común, manifiestan una percepción laberíntica de la civilización envuelta en su propia creación, en su deseo de progreso.

   El retrato del colectivo en su normal comportamiento, es un juego de contrastes entre peligros y desventuras. En “Marionettes, Inc.”, un hombre trata de escapar de su matrimonio remplazándose a sí mismo por un robot, y de esa manera engañar a su mujer. El hombre retorna, luego de hacer partícipe del acto a su amigo, y al llegar a casa le ordena al robot que vuelva a su caja, pero éste se niega a cumplir diciendo que se ha enamorado de la esposa. Luego el robot procede a poner al hombre en la caja y sale a visitar a su mujer. Luego, el amigo descubre que su mujer lo ha abandonado y que ha estado viviendo con una versión robot de ella.

  Su visión religiosa está presente en dos narraciones; una de ellas “The Man”, presenta a Jesús como un visitante del espacio. En éste un grupo de exploradores espaciales aterrizan en un planeta que encuentran una población viviendo en un saludable estado de bendición. Según la investigación llevada a cabo, descubren en un personaje al Jesús judeocristiano. Uno de ellos decide quedarse allí por el resto de sus días, disfrutando de la gloria de aquel hombre. El otro continua en la nave, acechando a su compañero y “tratando constantemente de alcanzar lo inalcanzable”. Otros miembros deciden quedarse y son merecedores de un descubrimiento: “Él” estaba aún en el planeta.

    Todas estas posibles figuraciones, estas dieciocho narraciones, parten del destino del “Hombre Ilustrado”. También él posee una búsqueda, la que lo llevará en pos de una mujer que puede despojarlo de sus tatuajes. De este hombre observamos ciertas cosas: es excesivamente cuidadoso en su atuendo, pulcro y quizá galante; sabemos que los trabajos le duran poco, y que desea librarse de los tatuajes, aunque con cierta desidia para empeñarse, como  si quisiera dejarlo todo al azar. Es implacable con sus víctimas, pero las sobrelleva con dignidad.

    El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello, escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.” 

   Al final, al observar cada uno de los grupos de imágenes, el narrador observa su propio retrato de muerte, y huye, sabiéndose perdido y ahorcado por el hombre ilustrado.

 

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