NOTA PRELIMINAR
La escultura en Grecia fue el cuarto curso que Hipólito Taine dictó en la Escuela de Bellas Artes de París. Para ello Taine aplicó exhaustivamente su criterio naturalista: su prestigio indiscutible residió en el ordenamiento de esas ideas volantes, dispersas, en un sistema de rigurosa claridad, enriquecido por una ejemplificación abundantísima. Taine aplica el triple punto de vista de la raza, el medio y el momento histórico, con obstinación y perspectivas unilaterales. Con respecto al arte griego, “para considerar la obra, estamos más obligados que nunca a considerar el pueblo que la ha realizado, las costumbres que le han dado origen y el ambiente en que apareció”.
INTRODUCCIÓN
La griega fue la más grande y la más original de todas las escuelas y, para presentar ante los ojos el cuerpo humano, había en Grecia un arte más nacional, más adaptado a las costumbres y al espíritu público, probablemente más cultivado y perfecto: la escultura. Sin embargo, su estudio se ve oscurecido por la carencia de testimonios, pues la antigüedad no presenta más que ruinas: salvo algunos vasos y mosaicos y las pequeñas decoraciones murales de Pompeya y de Herculano, los monumentos de la pintura antigua han perecido; no es posible hablar de ella con datos exactos. Para deducir la apariencia de los dioses, sólo se precisan dos cabezas; “no tenemos un solo trozo auténtico de Fidias; sólo conocemos a Mirón, Policleto, Praxiteles, Scopas, Lisipo, por copias y por imitaciones más o menos lejanas y dudosas”. Las estatuas que conocemos son generalmente de la época romana, y las mejores están mutiladas; además, se carece por completo de la biografía de los maestros.
La raza
Tratemos, primero, de representarnos de una manera exacta esta raza, y para ello estudiaremos el país, ya que los pueblos conservan siempre las marcas impresas por la comarca donde habitan. Los filólogos nos presentan una época primitiva en la que los indios, los persas, los germanos, los celtas, los latinos, los griegos, tenían la misma lengua y el mismo grado de cultura. Luego una época menos antigua, en la que los latinos y los griegos, ya separados de sus otros hermanos, estaban todavía unidos entre sí; “conocían el vino y la labranza, poseían barcas de remos, y habían agregado una nueva deidad: Hestia, Vesta, el hogar”. En este momento son pueblos bárbaros, y como dos ramas de un mismo tronco, comienzan a divergir; cuando volvemos a encontrarlas, su estructura y sus frutos son diferentes: una de ellas se desenvuelve en Italia y la otra en Grecia. Por tanto debemos analizar el ambiente que rodea la planta griega, “para indagar si el agua y el suelo que la han alimentado explican las particularidades de su forma y la dirección de su desarrollo”.
I
La descripción geográfica es precisa: dos penínsulas unidas por un pedúnculo, y un centenar de islas. Posee un clima que permite su desarrollo más pronto y más armoniosamente; el hombre no está abrumado o debilitado por el excesivo calor ni aterido y encogido por el rigor del frío. “No está condenado a la inercia soñadora ni a la actividad incesante; no se detiene en las contemplaciones místicas ni permanece en la barbarie brutal”. En Atenas los frutos crecen sin cultivo y no caen heladas más que cada veinte años; el gran calor del verano es moderado por las brisas del mar. Hasta los antiguos juzgaban que su clima era un don de los dioses. “Comparad un napolitano o un provenzal con un bretón; un holandés con un hindú; percibiréis cómo la dulzura y la moderación de la naturaleza física infunden al alma la vivacidad a la par que el equilibrio para llevar al espíritu, dispuesto y ágil, hacia el pensamiento y hacia la acción.”
Además Grecia es también un país de costas, con lo cual impulsa a la vida marítima: dos días de navegación llevan de Creta a Cirene; no se necesitan más que tres para pasar de Creta a Egipto. Y estas mismas costumbres las poseían en tiempos de Homero: “en la época de Ulises, se dedican a comerciar y merodear en las costas vecinas. Negociantes, viajeros, piratas, corredores, aventureros; desde su origen y a través de su historia, han sido todo esto. Con mano hábil o fuerte iban a ordeñar las robustas monarquías orientales o los pueblos bárbaros de Occidente; traían oro, plata, marfil, esclavos, maderas de construcción, todas las mercancías de valor compradas a vil precio, y además de eso, los inventos y las ideas ajenas; de Egipto, de Fenicia, de Caldea, de Persia, de Etruria”. Sin duda alguna, esta forma de vivir refina y excita la inteligencia de forma singular. La prueba de ello está en que los pueblos más precoces, más civilizados, más ingeniosos de la antigua Grecia, eran todos marinos; jónicos del Asia Menor, colonos de la Magna Grecia, corintios, egeos, sisionenses, atenienses. Por lo contrario, los arcadios, encerrados en sus montañas, se conservan rústicos y sencillos; otros, en Acarnania, Epiro, Lócrida, y los etolianos, permanecen semibárbaros hasta el fin de la Grecia clásica; sólo tenían aldeas sin murallas, y no eran más que brutales merodeadores.
II
Ya consideremos la práctica o la especulación, siempre vemos manifestarse el espíritu sutil, sagaz, ingenioso. “Al principio de la civilización, cuando en todas partes el hombre es fogoso, ingenuo y brutal, uno de sus dos héroes es el sutil Ulises, el hombre prudente, precavido, astuto, fértil en expedientes e inagotable en mentiras; el hábil navegante que nunca descuida sus intereses”.
Y los griegos son dignos hijos de su padre Ulises. Una vez sometida Grecia, se ve aparecer al griego diletante, sofista, retórico, escriba, crítico, filósofo a sueldo. Al considerar su obra máxima, la ciencia, observamos que fue creada por ellos en virtud del mismo instinto y de las mismas necesidades. “El fenicio, que es comerciante, ha creado fórmulas aritméticas para llevar sus cuentas. El egipcio, agrimensor y picapedrero, inventa procedimientos geométricos para apilar los bloques y parar hallar nuevamente la medida de su campo inundado todos los años por el desborde del Nilo”. El griego recibe de ellos la técnica y los procedimientos, pero no le bastan; no se contenta con la aplicación industrial y comercial; es curioso, especulativo y quiere saber el porqué, la razón de las cosas; busca la prueba abstracta, sigue la sutil ilación de las ideas que conducen de un teorema a otro. “Desdoblar las ideas, establecer sus relaciones; gozarse en forjar, enlazar, multiplicar, verificarlas todas, sin más propósito que el deseo de ver aumentar su número y su infalibilidad, tal es el don particular del espíritu griego”. Hombres tan enamorados de las ideas, no podían dejar de amar las más bellas de todas: las ideas del conjunto. A sus ojos, dos ocupaciones distinguían al hombre del bruto y al griego del bárbaro: el cuidado de los asuntos públicos y el estudio de la filosofía. “Lo más notable es que encontraban placer en la dialéctica por sí sola; no les aburrían sus largos rodeos”. El griego es más razonador que metafísico o sabio; se complace en las distinciones delicadas, en los análisis sutiles; pule y afina hasta el punto de tejer verdaderas telas de araña con sus razonamientos. “El vicio nacional manifiesta así acabadamente el talento nacional. Grecia es la madre de los ergotistas, de los retóricos y de los sofistas; del arte de hacer aparecer como buena una mala causa, y de sostener con apariencia de verosimilitud una proposición absurda, por muy disparatada que fuese. La sutileza de los griegos hubiera encontrado límite a su campo, si no hubieran llevado sus razonamientos tanto al error como a la verdad. Tal sutileza de espíritu ha formado el gusto ático, el sentimiento de los matices, la gracia ligera, la ironía imperceptible, la sencillez en el estilo, la soltura en el discurso, la elegancia de la prueba”.
III
Este no es, sin embargo, más que el primer rasgo distintivo; hay otro. Volvamos al país y percibiremos el segundo. También en esta ocasión es la estructura física de la región la que ha impreso en la inteligencia de la raza este sello visible en su obra y en su historia. Las cosas exteriores no tienen dimensiones desproporcionadas ni pavorosas. “No se ve nada parecido al monstruoso Himalaya, a esas intrincadas marañas de exuberante vegetación, a esos enormes ríos que describen los poemas indios; tampoco hay nada análogo a los bosques interminables, a las llanuras ilimitadas, al Océano sin fin y salvaje de la Europa del Norte”. La vista percibe fácilmente la forma de los objetos y obtiene imágenes nítidas. Todo es aquí equilibrado, mesurado, fácil y claramente perceptible por los sentidos. “Imaginad ahora almas jóvenes y primitivas que por toda educación, y por educación incesante, tienen los espectáculos que acabamos de describir. Adquirirán por reflejo la costumbre de las imágenes precisas y claras y no sufrirán la vaga turbación del ensueño arrebatador, la ansiedad por adivinar el más allá”. Así se elabora el molde de un espíritu que sabrá más tarde dar relieve a todas las ideas. Múltiples circunstancias del suelo y del clima cooperan en esta obra.
En efecto, Grecia es un país bien pequeño, que parece menor aún si se considera que está muy dividido. Por un lado las cordilleras principales y las estribaciones, y por otro lado todas las islas. Los pueblos de Grecia pudieron entonces evitar fácilmente la conquista y mantenerse unos al lado de otros, como pequeños Estados independientes. Homero habla de unos treinta, que alcanzaron luego a varios cientos cuando las colonias se establecieron y multiplicaron. “Para el criterio moderno, un Estado griego aparece como una miniatura. Particularmente en las islas y las colonias, el Estado no es más que una ciudad con una playa o un circuito de huertas o granjas. Desde una acrópolis se ve a simple vista la acrópolis o las montañas del vecino. En un recinto tan limitado todo es claro para el espíritu; la patria moral no tiene nada de gigantesco, de abstracto ni de impreciso, como entre nosotros; los sentidos pueden abarcarla; se confunde con la patria física; ambas se han fijado en el espíritu del ciudadano con contornos bien definidos”.
A propósito de esta limitación, consideremos su religión; no tienen el sentimiento de ese universo infinito, en el que una generación, un pueblo, todo ser finito, por grande que sea, no significa más que un momento y un punto. “La eternidad no alza entre ellos su pirámide de millares de siglos, como una montaña monstruosa, a cuyo lado nuestra corta vida es sólo un grano de arena; no se preocupan como los indios, los egipcios, los semitas, los germanos, del círculo sin cesar renaciente de la metempsicosis, ni del sueño eterno y silencioso del sepulcro, ni del abismo sin fondo del que surgen las criaturas como efímeros vapores, ni del Dios único, absorbente y terrible, en quien se concentran todas las fuerzas de la Naturaleza y para quien el cielo y la tierra no son más que una tienda de campaña o una alfombra, ni de ese poder augusto, misterioso, invisible, que la veneración del corazón descubre a través de las cosas y más allá de lo conocido.”
Las ideas de los griegos son demasiado claras y están construidas sobre un módulo demasiado pequeño. Lo universal queda fuera de su órbita o sólo les alcanza a medias; no hacen de ello un dios, y menos aún una persona; sólo le asignan un segundo plano en su religión: es la Moira, el Asia, el Eimarmene; en otros términos, el destino de cada uno. “Nuestras ciencias lo admiten hoy, y la idea griega sobre el destino no es más que nuestro moderno concepto de las leyes naturales”. Todo está determinado: esto que afirman nuestras fórmulas fue presentido por sus adivinaciones. Cuando al primer despertar de la reflexión tratan de concebir el mundo, lo hacen a imagen de su espíritu. “Es el orden, el Kosmos, la armonía, una bella y regular disposición de las cosas, que subsisten y se transforman por sí mismas. Sus dioses pronto se convierten en hombres: tienen padres, hijos, genealogía, historia, vestiduras, palacios, un cuerpo semejante al nuestro; pueden sufrir, no son invulnerables; los más grandes, Zeus mismo, han tenido su advenimiento, y quizá vean un día el final de su reinado.” Dioses tan humanos no trastornan el espíritu que los ha concebido. Dioses que viven en cercano contacto con el hombre “pronto se convierten en sus camaradas, y más tarde, en su juguete. El espíritu tan claro, que para ponerlos a su alcance, los ha despojado de lo infinito y del misterio, reconoce en ellos a sus propias criaturas y se divierte con los mitos que su talento ha creado.”
Tal como los griegos concebían el Estado, éste resultaba demasiado pequeño, insuficiente para resistir el empuje de las grandes masas exteriores; “es una obra de arte ingeniosa, perfecta, pero frágil.” De modo que su caída no es accidental. Sin embargo, a estos inconvenientes corresponden otras tantas ventajas: “Es una acrópolis llena de templos, consagrados por los huesos de los héroes fundadores y por las imágenes de los dioses nacionales; un ágora, un teatro, un gimnasio, unos cuantos millares de hombres sobrios, hermosos, valientes y libres, ocupados en “la filosofía y los negocios públicos”, servidos por esclavos que cultivan la tierra y ejercen los oficios, tal es la ciudad que imaginan.”
En todas las otras naciones, la civilización ha roto el equilibrio natural de las facultades; ha oprimido las unas y exaltado las otras; ha sacrificado la vida presente a la vida futura, el hombre a la divinidad, el individuo al Estado, “ha producido el faquir indio, el funcionario egipcio o chino, el legista y el legionario romano, el monje de la Edad Media, el vasallo, el súbdito, el burgués de los tiempos modernos.” La estructura de su espíritu ha encerrado sus deseos y sus esfuerzos en un recinto limitado, alumbrado por el pleno sol, y en esta arena, tan iluminada y tan circunscripta como un estadio, los contemplaremos desarrollar toda su actividad.
IV
Recojamos la visión del conjunto. Es una tierra hermosa que predispone el alma a la alegría e inclina al hombre a considerar la vida como una fiesta. Parece que el invierno no existe en este país. El hombre no se ve obligado, como en los climas del Norte, a defenderse contra la inclemencia del cielo a fuerza de inventos complicados. No necesita construir salas de espectáculos ni decoraciones de ópera; no tiene más que mirar en torno suyo; la naturaleza se los suministra más hermosos que cuantos su arte pudiera crear. El hombre siempre sigue en su movimiento, el impulso que primeramente le imprime la naturaleza, pues las aptitudes y tendencias que establece definitivamente dentro de su ser, son justamente las aptitudes y tendencias que ella diariamente satisface. En esta disposición de espíritu el hombre está muy próximo a tomar la vida como una diversión. En manos del griego, las ideas y las instituciones más graves se vuelven rientes; sus dioses son “los dioses felices que no mueren”. Según Homero, el hombre feliz es el que “puede gozar de su juventud florida y llegar al umbral de la vejez”. Las ceremonias religiosas son un alegre banquete, en el cual los dioses están contentos porque reciben su porción de vino y de carne. Las fiestas más augustas son representaciones de ópera, los juegos gimnásticos forman parte del culto. “No imaginan que para honrar a los dioses haya que mortificarse, ayunar, rezar temblando, prosternarse llorando los pecados, sino que es preciso compartir su alegría, darles el espectáculo de los más hermosos cuerpos, adornar para ellos la ciudad, elevar al hombre hasta su altura divina, sacándole por un momento de su condición de mortal, con el concurso de todas las magnificencias que el arte y la poesía pueden reunir.” Lo mismo sucedió con la filosofía y la ciencia; sólo quisieron coger la flor de las cosas. En Grecia, la filosofía es una conversación; nace en los gimnasios, bajo los pórticos; “en las avenidas flanqueadas de plátanos el maestro habla mientras pasea, y sus discípulos le siguen.” En resumen, son unos especulativos a quienes gusta viajar por las cumbres y recorrer en tres pasos, como los dioses de Homero, una vasta y nueva región, abarcar el mundo entero de una sola mirada. La imaginación filosófica ha manejado las ideas y las hipótesis, como la imaginación mitológica manejaba las leyendas y los dioses. “Una distinción sutil, un análisis largo y delicado, un argumento capcioso y difícil de desentrañar, les atrae y retiene. Se divierten y pasan el tiempo con la dialéctica, las argucias y la paradoja, carecen de seriedad.” “¡Oh griegos! ¡Griegos! –decía a Solón un sacerdote egipcio-, sois unos niños”. Efectivamente, jugaron con la vida, con todas las cosas graves de la vida, con la religión y los dioses, con la política y el Estado, con la filosofía y la verdad.
V
“Precisamente por esa condición de su carácter han sido los artistas más grandes del mundo. Han tenido la encantadora libertad de espíritu, la superabundancia de alegría inventiva, la graciosa embriaguez de imaginación, sin otro fin que el de ejercer las facultades nuevas y plenas de vida, que de pronto ha sentido bullir en su interior.” Los tres rasgos principales que han sido destacados en su carácter son precisamente los que constituyen el alma y el talento de un artista: delicadeza de percepción, aptitud para advertir las relaciones sutiles y sentido de los matices. Necesidad de claridad, sentimiento de la medida, odio a lo indeterminado y a lo abstracto, desdén por lo monstruoso y enorme, gusto por los contornos definidos y precisos, todo eso le lleva a transmitir sus concepciones por medio de formas fácilmente asequibles a la imaginación y a los sentidos, y por lo tanto a crear obras comprensibles para toda la raza y para todo siglo y que, por ser humanas, son eternas. Tales son los caracteres distintivos del arte griego.
Consideremos lo que aparece en seguida ante los ojos y lo que primeramente salta a la vista, cuando se penetra en la ciudad; se trata del templo. “Por lo común está sobre una altura, que es la acrópolis, sobre un pedestal de rocas; no está, como las catedrales de la Edad Media, apretado, ahogado por las hileras de casas, disimulado y medio escondido, inaccesible a los ojos, salvo en sus detalles y partes altas. Su base, sus costados, toda su masa y todas sus proporciones aparecen en conjunto. Es siempre de dimensiones medianas o pequeñas. El templo griego no es un lugar de asambleas, sino la residencia particular de un dios, un relicario para su efigie, el viril mármol que encierra una estatua única. Nada complicado, raro o atormentado en este edificio; es un rectángulo bordeado por un peristilo de columnas; tres o cuatro formas elementales de geometría bastan para ello, y la simetría de la ordenación las acentúa por repetición como por contraste. Han reunido dos cualidades que parecen excluirse: la extremada riqueza y la más estricta sobriedad. La criatura arquitectónica griega es sana, se mantiene por sí misma; no necesita, como la catedral gótica, una colonia de albañiles que restauren continuamente su ruina incesante; no es la obra de la imaginación sobrexcitada, sino de la razón clara. Casi todos los templos de Grecia permanecerían intactos si la brutalidad o el fanatismo de los hombres no hubieran intervenido para destruirlos. Sentimos el equilibrio estable de sus diversos miembros, pues el arquitecto ha manifestado la estructura interna por exterioridades visibles. A este aspecto de resistencia, sumad el aire de comodidad y elegancia; el edificio griego no está hecho con el sólo propósito de que perdure como el edificio egipcio. No está abrumado por el peso de su mole como un Atlas obstinado y forzudo; se desarrolla, se despliega, se alza como un hermoso cuerpo de atleta, en quien el vigor coincide con la finura y la serenidad. Considerad además su adornos, los bajos relieves, las estatuas de los frontones, de las metopas y de los frisos, sobre todo la efigie colosal de la cella interior; todas las esculturas de mármol, de marfil y de oro, todos esos cuerpos heroicos o divinos que representaban a los ojos del hombre las imágenes acabadas de la fuerza viril, de la perfección atlética, de la virtud en acción, de la noble sencillez, de la serenidad inalterable, y tendréis una primera idea del genio y del arte en Grecia.”
El momento
Daremos ahora un paso más y entraremos a considerar un nuevo carácter de la civilización griega. Un griego de la antigua Grecia no sólo es griego, sino que además es un hombre de la época antigua; tiene otras aptitudes y otras inclinaciones, tiene otras ideas y otros sentimientos. No construyó su civilización sobre la nuestra; nosotros hemos edificado nuestra civilización sobre la suya y sobre otras muchas; de ahí surgen consecuencias infinitas en número y en importancia: la vida y el espíritu de ellos son sencillos, mientras que nuestra vida y nuestro espíritu son complicados. Por tanto su arte es más sencillo que el nuestro, y la idea que se forman del alma y del cuerpo del hombre les sugiere asunto para realizar obras que nuestra civilización ya no puede producir.
I
Basta echar un vistazo a las exterioridades de su vida para advertir su perfecta sencillez. “La civilización, al dirigirse hacia regiones más nórdicas, ha debido proveer a una diversidad de necesidades que no tenía que satisfacer en sus primitivos asientos meridionales. En un clima húmedo o frío como la Galia, Germania, Inglaterra, América del Norte, el hombre necesita comer más: las casas deben ser más sólidas y los trajes más abrigados y gruesos; es indispensable más fuego y más luz, más resguardo, más víveres, instrumentos e industrias.” Forzosamente el hombre debe hacerse industrioso, y como sus exigencias aumentan a medida que son satisfechas, emplea las tres cuartas partes de su esfuerzo en la adquisición de bienestar; pero las comodidades que se proporciona son otras tantas sujeciones que lo coartan y así se va haciendo esclavo de la comodidad.
En la Grecia antigua, una túnica corta y sin mangas para el hombre, y para la mujer, una túnica larga que baja hasta los pies y doble desde los hombros a la cintura, constituyen todo lo esencial del traje; “añadid un gran pedazo cuadrado de tela para envolverse o un velo que usa la mujer cuando sale, y con frecuencia, unas sandalias; Sócrates no las llevaba más que en los días de festín.” “Es propio de los griegos –dice Plinio- el no velar nada”.
La misma sencillez observamos en la segunda envoltura del hombre, es decir, en la habitación. En los siglos hermosos de Grecia, el ajuar es mucho más reducido que en Pompeya (con sus diez o doce pequeños gabinetes dispuestos en derredor de un patio pequeño, “donde murmura un chorro de agua”, apropiado para dormir por la noche y hacer la siesta a la hora del calor, pues el clima no reclama otra cosa). Una casa pequeñita que muchas veces consta de un solo piso, es suficiente para un noble ateniense; vive fuera, al aire, bajo los pórticos, en el ágora, en los gimnasios, y los edificios públicos donde se desarrolla su vida pública están tan poco adornados como su casa particular.
En Grecia, un teatro contiene de treinta a cincuenta mil espectadores, “y cuesta veinte veces menos que aquí, porque la naturaleza lo ofrece todo”: el flanco de una colina, donde se forman graderías circulares, un altar en el centro y abajo una pared esculpida, para que resuene la voz; el sol como única iluminación y por decorado de fondo, “unas veces el mar luciente y otras, grupos de montañas aterciopeladas por la luz; ellos saben lograr magnificencia con economía, y satisfacer sus placeres en la misma forma en que realizan todas sus tareas: con la perfección que nuestro dinero no puede alcanzar.”
Pasemos a las construcciones morales: en un Estado pequeño, como la ciudad griega, acontece lo contrario a la actualidad; el hombre corriente está en condiciones de desempeñar todas las funciones públicas; la sociedad no se divide en funcionarios y administrados; no hay burgueses que viven retirados; sólo hay ciudadanos activos. El ateniense decide por sí mismo de los intereses generales; cinco o seis mil ciudadanos escuchan a los oradores y votan en la plaza pública, que es la plaza del Mercado. A ella se acude tanto para hacer decretos y leyes, como para vender el vino o las aceitunas. Además, los asuntos que se debaten están a su alcance, pues son intereses vecinales, dado que la ciudad constituye todo el Estado. Es además el juez, en lo civil, en lo criminal, en lo religioso; es abogado y está obligado a defender su causa. Rico o pobre, es soldado; como el arte militar es todavía sencillo y no conocen las máquinas de guerra, la guardia nacional es el ejército. Y de todo esto se cuidan los gimnasios: son los colegios de la juventud; allí se aprende durante todo el día y en el transcurso de muchos años a luchar, saltar, correr, lanzar el disco, y metódicamente se ejercitan y fortifican los miembros y los músculos. Preparado así por las costumbres, se comprende que el ciudadano sea soldado sin esfuerzo y en cualquier momento que sea necesario. Será marino sin aprendizaje mucho mayor. “En una ciudad que tiene puerto y vive del comercio marítimo, no hay nadie que no sea entendido en el manejo de navíos; nadie que no sepa de antemano o no aprenda pronto las señales del tiempo, los cambios del viento, las posiciones y las distancias, toda la técnica y todos los accesorios que nuestro marino o nuestro oficial de marina sólo saben después de diez años de estudios y de práctica.”
Todas estas particularidades de la vida en la antigüedad derivan de la misma causa: la sencillez de una civilización sin precedentes; y todas conducen al mismo resultado: “la sencillez de un alma bien equilibrada, en la que ninguna porción de aptitudes o de inclinaciones ha sido desarrollada en detrimento de las otras; un espíritu que no ha sufrido influencia exclusiva alguna ni ha sido deformado por ninguna función especial.” En nuestros días distinguimos el hombre culto y el hombre inculto, el ciudadano y el aldeano, además de tantas otras especies diferentes como clases, profesiones y oficios; en todas partes el individuo está estrechamente en el casillero en que por sí mismo se ha colocado, y acosado por la multitud de necesidades que se ha creado. Menos artificial, menos especializado, menos alejado del estado primitivo del hombre, el griego se movía en un círculo político mejor proporcionado a las facultades humanas, en medio de costumbres más favorables al mantenimiento de las facultades acumuladas, más cerca de la vida natural, menos oprimido por la civilización acumulada; “en una palabra, era un hombre más completo.”
II
“Pero todo esto sólo constituye en ambiente y los moldes exteriores que configuran al individuo. Penetremos en el individuo mismo y lleguemos hasta sus sentimientos y sus ideas; nos sorprenderá aun más la distancia que los separa de nuestro modo de pensar y sentir.” Dos clases de cultura contribuyen a formarlos en todo tiempo y en todo país: la cultura religiosa y la cultura laica; una y otra operan en el mismo sentido; entonces cooperaban para conservarlos sencillos, ahora por complicarlos progresivamente.
Los pueblos modernos son cristianos, y el cristianismo es una religión que surgió posteriormente y que contradice el instinto natural. Se la puede comparar a una contracción violenta que ha desviado la actitud primitiva del alma humana. En efecto, declara que el mundo es malo y que el hombre está corrompido; el hombre debe cambiar de rumbo, elegir otro camino; la vida presente no es más que un destierro, y debemos dirigir nuestros ojos hacia la patria celestial. Nuestro fondo natural es vicioso; reprimamos, pues, todas nuestras inclinaciones naturales y mortifiquemos nuestro cuerpo. La experiencia de los sentidos y el razonamiento de los sabios, son insuficientes y engañosos; guiémonos sólo por la antorcha de la revelación, la fe, la iluminación divina. Durante catorce siglos el modelo ideal, digno de imitación, ha sido el anacoreta o el monje. “Para medir el poder de tales ideales y la magnitud de la transformación que impone a las facultades y a las costumbres humanas, leed sucesivamente el gran poema cristiano y los grandes poemas paganos; de un lado La Divina Comedia, del otro La Odisea y La Ilíada.” Dante tiene una visión y se siente transportado fuera de nuestro pequeño mundo efímero a las regiones etéreas: en ellas ve las torturas, las expiaciones, las delicias, sufre angustias y horrores sobrehumanos; “todo cuanto puede inventar una imaginación furiosa y refinada de justiciero” y de verdugo aparece ante sus ojos, soporta los tormentos y desfallece de dolor; después asciende hacia la luz; oye las almas, contempla los coros, las palabras sagradas, los dogmas de la verdad teológica resuenan en el éter.
“¡Cuánto más natural y más sano es el espectáculo que nos presenta Homero! Por todas partes se posa el pie sobre el suelo firme de la verdad. Su libro es un documento histórico, pues sus contemporáneos han tenido las costumbres que describe; su Olimpo mismo no es sino una familia griega.” No tenemos necesidad de esforzarnos ni de exaltarnos para reconocer en nosotros mismos los sentimientos que expresa ni para imaginar el mundo que pinta, todas las emociones y todas las pasiones del hombre natural. Se encierra en el círculo visible que en cada generación vuelve a trazar la experiencia humana; no sale de allí; ese mundo le basta y es el solo importante; el más allá no es más que la vaga mansión de las sombras vanas. Así, más allá de la tumba le preocupa la vida presente. En todas las épocas de la civilización griega, reaparece con diversos matices el mismo sentimiento; el mundo de ellos es aquél iluminado por el sol; el moribundo tiene como esperanza y consuelo, que le sobrevivan su gloria, su tumba, su patria.
Cuando la reflexión filosófica analiza el más allá, éste no parece terrible, infinito, desproporcionado con la vida presente, tan indubitable como ésta, inagotable en suplicios o en delicias, como un abismo espantoso o como una gloria angélica. Semejante contraste muestra la gran alteración que ha transformado el alma humana desde hace mil ochocientos años. Hasta fines de la Edad Media, bajo ese peso inconmensurable, ha sido como una balanza descompuesta, que saltaba de lo más bajo a lo más alto, siempre en los extremos. Cuando hacia el Renacimiento, la naturaleza oprimida se irguió y recobró el ascendiente, encontró frente a sí para detenerla la vieja doctrina ascética y mística, no sólo con su tradición y sus instituciones mantenidas o renovadas sino, además, con la permanente confusión que había llevado al alma dolorida y a la imaginación sobreexcitada. “Todavía en nuestra época subsiste la lucha; hay en nosotros, y alrededor de nosotros, dos morales, dos conceptos de la naturaleza y de la vida, y su conflicto incesante nos hace sentir cuál no sería la felicidad armoniosa de un mundo joven, en donde los instintos naturales se desplegaban intactos y rectos, al amparo de una religión que favorecía su desarrollo en vez de reprimirlo.”
Si la cultura religiosa ha superpuesto en nosotros, a las inclinaciones espontáneas sentimientos completamente opuestos, la cultura laica ha enredado nuestro espíritu en un laberinto de ideas elaboradas y extrañas. “Comparad cómo eran en Grecia y cómo es entre nosotros, la primera y más poderosa de las educaciones, aquella que da el idioma. Nuestros idiomas modernos son dialectos, restos deformes de un hermoso idioma que una larga decadencia había corrompido y que importaciones y mezclas han venido a alterar y a embrollar aún más. Nuestro espíritu vive en ellos porque se ha formado en su recinto, pero ¡con cuánta más comodidad se movía el de los griegos en la suya! Nosotros no podemos comprender de primera intención nuestras palabras, que poseen un sentido general; no son transparentes; no dejan ver su raíz, el hecho sensible en que se originan.” Casi todo nuestro vocabulario filosófico y científico es extranjero; para usarlo con propiedad, tenemos necesidad de saber griego y latín, “y generalmente lo usamos mal.” De esta enorme desventaja estaban exentos los griegos pues entre ellos nada separaba el lenguaje de los hechos sensibles y el lenguaje del razonamiento puro; el lenguaje del pueblo y el lenguaje de la gente docta; el uno era continuación del otro. “En un diálogo de Platón no hay un solo término que no conozca el adolescente al egresar del gimnasio; no hay una frase en una arenga de Demóstenes que no pueda ser alojada en una casilla del cerebro de un herrero o un campesino de Atenas.”
Por otra parte, a la par que el instrumento se ha complicado la obra, rebasándolo en toda medida. Además de las ideas de los griegos, poseemos cuantas se han fabricado durante mil ochocientos años. “Al salir de la barbarie brutal, en el primer albor de la Edad Media, el espíritu ingenuo y que apenas balbucía, ha tenido que embarazarse con los restos de la antigüedad clásica, de la antigua literatura eclesiástica, de la espinosa teología bizantina, de la vasta y sutil enciclopedia de Aristóteles, refinada y oscurecida además por sus comentaristas árabes.” A partir del Renacimiento, la antigüedad ha venido a superponer todas sus concepciones a las nuestras; a hacernos latinos y griegos de lenguaje y de espíritu, como los letrados del siglo XV; a prescribirnos su método para hacer dramas y su estilo de expresión en el siglo XVII; a sugerirnos sus máximas y sus utopías políticas como en el tiempo de Rousseau y durante la Revolución. “Sin embargo, el arroyo al correr aumenta su caudal por el crecimiento, más vasto cada día, de la ciencia experimental y de la invención humana. Añadid el conocimiento de los idiomas y literaturas modernas, el descubrimiento de civilizaciones orientales y remotas. La corriente se ha convertido en un río tan abigarrado como enorme; eso es lo que un espíritu humano se ve ahora obligado a asimilar, y para conseguirlo a medias se necesita el genio, la paciencia, la larga vida de un Goethe.”
¡Cuánto más sereno y límpido era el manantial primitivo! En el tiempo más hermoso de Grecia, “un joven aprendía a leer, escribir, contar, tocar la lira, luchar y ejercitar todos los demás ejercicios corporales”. Cuando era algo mayor, escuchaba en el ágora los discursos de los oradores, los decretos, las menciones de las leyes; algunos se interesaban por las demostraciones geométricas. Pero en suma, la educación era toda gimnástica y musical, y el pequeño número de horas que entre dos ejercicios corporales de dedicaban a seguir una discusión filosófica, no admiten otra comparación con nuestros quince o veinte años de estudios especiales, que la de sus veinte o treinta rollos de papiro manuscrito con nuestras bibliotecas de tres millones de volúmenes. Todas estas diferencias se reducen a una sola; la que separa una civilización espontánea y nueva de una civilización elaborada y compleja. “Menos medios e instrumentos, menos máquinas industriales, menos engranajes sociales, menos palabras aprendidas, menos ideas adquiridas; una herencia más pequeña y un bagaje menor, y por lo tanto, más fácil de manejar; sólo un crecimiento rectilíneo, oportuno, sin crisis ni desatinos morales; por lo tanto, un despliegue más libre de las facultades, una concepción más sana de la vida, un alma y una inteligencia menos atormentadas, menos cansadas, menos deformadas: ese rasgo distinto de su vida pronto lo veremos repetirse en su arte.”
III
Efectivamente, en todo tiempo la obra ideal ha reflejado la vida real. Si se examina el alma moderna, se encuentran en ella alteraciones, disonancias, enfermedades, y por decirlo así, hipertrofias de sentimientos y de facultades que se evidencian a través de su arte. En la Edad Media el exagerado desarrollo del hombre espiritual e interior, el ansia de ensueños sublimes y tiernos, el culto del dolor, el desprecio por el cuerpo, conducen la imaginación y la sensibilidad sobreexcitadas hacia la visión y adoración seráficas. Como consecuencia de esto, en la pintura y en la escultura, los personajes son feos o desproporcionados y carentes de vida, casi siempre flacos, consumidos, mortificados y absortos en una idea que aparta sus ojos de la vida presente. En tiempos del Renacimiento, la universal mejora de la condición humana, el ejemplo de la antigüedad que resurge y es comprendida, el impulso del espíritu liberado y orgulloso de sus grandes descubrimientos renuevan el sentimiento y el arte paganos. Pero las instituciones y los ritos de la Edad Media subsisten aún, y en Italia, como en Flandes, en las más hermosas obras se advierte el patente contraste entre las figuras y el asunto: una reunión de santos y de santas que en medio de los instrumentos de la penitencia y de tortura conservan la salud vigorosa, el color hermoso, la presencia altiva, adecuada a una fiesta alegre de nobles canéforas o de atletas perfectos.
Actualmente, la confusión que reina ha convertido al ser humano en un cerebro prodigioso, un alma infinita para quien sus miembros no son sino simples apéndices, y sus sentidos meros servidores; insaciable en curiosidades y ambiciones; siempre investigando y conquistando; conducido por sus sentidos hasta los confines del mundo real y sumido en las profundidades del mundo imaginario; tan pronto embriagado como deprimido por la inmensidad de sus adquisiciones y de su obra; encarnizado en pos del imposible o esclavizado por su oficio. “En resumen, un estilo muy próximo a lo excesivo, convencional y amanerado.”
En Grecia, por lo contrario, los sentimientos son sencillos, y por consiguiente los gustos también lo son. “Considerad sus obras de teatro: no hay en ellas ningún carácter complejo y profundo como los de Shakespeare, ninguna intriga hábilmente enredada y desenmarañada, ninguna sorpresa. La pieza gira sobre una leyenda heroica que ha escuchado desde su infancia; sabe de antemano los acontecimientos y el desenlace. Leed el principio de La República, de Platón; Las Siracusanas, de Teócrito; los Diálogos, de Luciano, el último escritor ático: no hay un solo pasaje en que se haya buscado producir efecto; todo se desliza llanamente; son breves escenas familiares cuya perfección reside por entero en su exquisita naturalidad.”
Sigamos estudiando esta especial condición de su arte, principalmente en el que ahora nos ocupa, la escultura. Una estatua es un gran trozo de mármol o de bronce, y una estatua de grandes dimensiones está por lo común aislada sobre un pedestal; no se le puede dar una actitud demasiado vehemente ni una expresión demasiado apasionada, como lo admite la pintura y lo tolera el bajo relieve, pues el personaje parecería afectado, preparado para causar impresión, “y correría el riesgo de caer en el estilo de Bernini”; el estatuario se ve obligado a dar al tronco y a los miembros una importancia igual a la de la cabeza y considerar con igual ardor la vida animal y la vida espiritual.
La civilización griega es la única que haya llenado esas dos condiciones. En esa clase de cultura y en esa etapa, precisamente, el cuerpo despierta gran interés; el alma no lo ha subordinado y relegado al último término y tiene valor por sí mismo. “He allí, pues, el cuerpo vivo, íntegro y sin velos, admirado, glorificado, presentado sin escándalo a los ojos de todos sobre su pedestal.” La cabeza no encierra un gran significado: no contiene, como las nuestras, un mundo de ideas finamente matizadas, de agitadas pasiones, de sentimientos complejos; la cara no está cincelada, afinada, atormentada; sólo muestra los rasgos principales, casi carece de expresión. En la estatua griega la cabeza no despierta mayor interés que lo miembros o el tronco; sus líneas y sus planos son continuación de los otros planos y las otras líneas; su fisionomía no es pensativa, no refleja costumbre alguna. Si el personaje se lanza hacia un fin, como el Discóbolo, el Combatiente, o el Fauno danzando, el propósito físico que lo anima absorbe todos los deseos y las ideas de que es capaz; lanzar bien el disco, asestar o parar el golpe con acierto, que la danza sea viva y rítmica: eso basta para su satisfacción, su alma no aspira a más. Pero ordinariamente su actitud es tranquila, nada hace y nada dice; no está atento; está en reposo; casi siempre su acción es indiferente; la idea que le ocupa es tan indeterminada y está para nosotros tan ausente, que aún hoy no se puede determinar con precisión la actitud de la Venus de Milo. Vive, esto le basta y satisface al espectador antiguo. “Los contemporáneos de Pericles y de Platón no necesitan de efectos violentos e imprevistos que agucen su atención embotada o su sensibilidad inquieta.” Tal es el círculo dentro del cual los ha colocado la sencillez de su cultura y del que nosotros hemos salido, empujados por la complejidad de la nuestra. “Han encontrado dentro de él, un arte apropiado, la estatuaria: nosotros hemos ya dejado atrás ese arte y debemos buscar entre ellos nuestros modelos.”
Las instituciones
I
Antes de fabricar el hombre de mármol o de bronce hicieron el hombre vivo, y la gran escultura se desarrolla en ellos al mismo tiempo que la institución que tiene a su cargo la formación del cuerpo perfecto. Ambas hacen su aparición en la primera mitad del siglo VII. En ese instante el arte realiza sus grandes descubrimientos técnicos. Hacia 689, Butades, de Sicione, tiene la idea de modelar y de cocer al fuego figuras de arcilla. En la misma época Roikos y Teodoro de Samos, inventan el procedimiento para vaciar el bronce en un molde. Hacia 650, Melao de Chío hace las primeras estatuas de mármol y, “después de las gloriosas guerras médicas, éstas comienzan a aparecer acabadas y perfectas.” Para entonces la orquéstrica y la gimnasia se convierten en instituciones regularizadas. “Ha concluido el mundo de Homero y sus continuadores, que son del siglo IX y VIII, Arquiloco, Calinos, Terpandro y Olimpos, han tenido lugar en una vasta transformación en la sociedad y en las costumbres. El horizonte del hombre se ha ensanchado y se amplifica cada día más; todo el Mediterráneo ha sido explorado; se conocen Sicilia y Egipto, sobre los cuales Homero sólo sabía de leyendas. Se multiplican las colonias que pueblan y exploran las costas de la Magna Grecia, de Sicilia, del Asia Menor, del Ponto Euxino. Todas las industrias se perfeccionan; las barcas de cincuenta remos de los viejos poemas se convierten en galeras con doscientos remeros. Un hombre de Chío inventa la manera de ablandar, endurecer y soldar el hierro. Se construye el templo dórico, se conocen la moneda, los números, la escritura; la técnica bélica varía, se combate a pie y formados en vez de luchar desde los carros y sin disciplina. Se establecen ciudades cerradas y defendidas, provistas de magistrados, sometidas a una policía, y que luego se convierten en repúblicas de ciudadanos iguales que eligen sus propios jefes.”
Al mismo tiempo, como consecuencia, la cultura del espíritu se diversifica, se extiende y se renueva. Sin duda, es aún enteramente poética; la prosa no se escribirá hasta más tarde, pero la melopeya monótona, que sostenía el hexámetro épico, cede lugar a una multitud de cantos variados y de metros diferentes. Al hexámetro se añade el pentámetro; se inventa el troqueo, el yambo, el anapesto; se combinan los pies nuevos con los antiguos formando dísticos, estrofas y toda clase de medidas. La cítara, que sólo tenía cuatro cuerdas, tiene siete; Terpandro fija sus modos y da los nomes de la música; Olimpos, y después Taletas, terminan de adaptar los ritmos de la cítara, de la flauta y de las voces a los matices de la poesía que acompañan.
En una aldea corsa, en los funerales, la voceadora improvisa y declama cantos de venganza delante del cuerpo de un hombre asesinado o cantos plañideros sobre el ataúd de una muchacha muerta en la flor de su juventud. En los montes de Canabria o de Sicilia, en los días de baile las jóvenes representaban con sus actitudes y sus gestos, pequeños dramas y escenas de amor.
“Era una ópera en pequeño y a domicilio.” Todos los poetas líricos de ese tiempo son asimismo maestros de coros; su morada es una especie de Conservatorio, una “Mansión de las Musas”. “Así, la vida privada en todas sus actividades, por sus ceremonias como por sus placeres, contribuía a hacer del hombre –en el sentido más hermoso de la palabra y con una dignidad perfecta- lo que llamamos un cantor, un figurante, un modelo, un actor.” La vida pública contribuía al mismo resultado. En Grecia, la arquitectura interviene en la religión y en la política, en la paz y en la guerra, para honrar a los muertos y celebrar a los vencedores. Había cantos para todas las circunstancias para todas las actividades de la vida militar; “entre otros, anapestos para ir al ataque al son de las flautas.”
Pero el culto ofrecía aún más oportunidades para el desarrollo de la orquéstrica que la política y la guerra. Según los griegos, el espectáculo más agradable que se podía ofrendar a los dioses era presentarles hermosos cuerpos florecientes, desarrollados en todas las actitudes que demuestran la fuerza y la salud. Por esta causa las fiestas más sagradas eran desfiles de ópera y bailes serios. “En aquellas fiestas, Alcman y Estesicoro eran a la vez poetas, maestros de capilla, maestros de baile, algunas veces ayudantes, primeros corifeos de los grandes conjuntos, en los cuales coros de jóvenes y doncellas representaban en público la leyenda heroica o divina.” Una de esas danzas sagradas, el ditirambo, se convirtió más tarde en la tragedia griega.
La orquéstrica ha dado a la escultura las actitudes, los movimientos, los ropajes, los grupos; “el friso del Partenón tiene por motivos el desfile de las Panateneas y la pírrica ha sugerido las esculturas de Figalia y de Brudrun.”
II
Existía en Grecia, junto a la orquéstrica una institución más nacional aún y que constituía la segunda parte de la educación, la gimnástica. Aparece ya en Homero; los héroes luchan, lanzan el disco, corren a pie y en carroza; el que no es hábil en los ejercicios corporales, es considerado “un comerciante”. Pero la institución no está todavía regularizada, no es pura, ni completa. Sólo en el período siguiente, al mismo tiempo que la orquéstrica y la poesía, se desarrolla, fija sus formas y adquiere la importancia final que conocemos. Su iniciación partió de los dorios, pueblo nuevo de raza griega pura, que descendió de sus montañas e invadió el Peloponeso; la colonia principal, la de los espartanos, se estableció en Laconia, después de avasallar y esclavizar a los antiguos habitantes: esto constituía un ejército acampado de manera definitiva, rodeado por enemigos diez veces más numerosos. De esta situación especial surgen las demás condiciones. El espartano está privado de comerciar, de ejercer una industria, de enajenar su lote de tierra, de aumentar la renta que le produce; sólo debe pensar en ser soldado. La vida del cuartel prima sobre la vida del hogar.
En cuanto a las artes, son las que convienen a un ejército. Han traído consigo un género de música particular, el modo dórico, el único acaso cuyo origen sea puramente griego. El mismo baile es considerado como un ejercicio o un desfile. Hay otra danza llamada anapala, en la que los muchachos simulan la lucha y el pugilato. Pero las principales son las gimnopedias, grandes revistas en las que participa toda la nación, distribuida en coros. Todos habían ensayado el paso, las evoluciones, el tono, la acción, desde la infancia; en ningún otro país la poesía coral formaba unos conjuntos más amplios y mejor ordenados.
El efecto de esta disciplina fue pronto visible. Dominaron a los mesenios. Se convirtieron en los jefes de Grecia, y en el momento de las Guerras Médicas estaba tan bien establecido su ascendiente, que no sólo en tierra, sin en el mar, aunque casi no tenían navíos, todos los griegos, hasta los atenienses, aceptaban sus generales sin murmurar.
Poco a poco los griegos toman de los espartanos, y en general de los dorios, los rasgos distintivos de sus costumbres, de su régimen y de su arte: la armonía dórica, la elevada poesía coral, varias figuras de las danzas, el estilo de la arquitectura, el traje más sencillo y más viril, la ordenanza militar más firme, la completa desnudez del atleta, la gimnástica erigida en sistema.
Para satisfacer tales gustos y necesidades, el gimnasio era la única escuela. Los ciudadanos libres eran los nobles de la antigüedad; por lo tanto no había ciudadano libre que no hubiese frecuentado el gimnasio; sólo con esa condición era considerado un hombre bien educado; si no, se le despreciaba como a artesano de baja estofa.
Los maestros, verdaderos artistas, ejercitaban el cuerpo para darle no sólo vigor, resistencia y celeridad, sino también simetría y elegancia. Una multitud de textos nos confirman esta impresión, que nos conduce a una época más lejana que aquella en que fuera escrita, hasta los tiempos más hermosos del cuerpo desnudo; todo es significativo y de valor; nos muestra la tradición de la sangre, el efecto de la educación, el gusto popular y universal de lo bello, todos los orígenes de la escultura perfecta. Ciertamente, la raza era bella, pero se había embellecido más por su sistema de cultura; “la voluntad había perfeccionado a la naturaleza, y la estatuaria iba a terminar la obra que la naturaleza, aun cultivada, no podía realizar más que a medias.”
Hemos visto, así, que en el transcurso de dos siglos, las dos instituciones que cultivan el cuerpo humano, la orquéstrica y la gimnástica, nacen, se desarrollan, se propagan en derredor de los puntos de origen, se esparcen por todo el mundo griego, proporcionan el instrumento de la guerra, la decoración del culto, la era de la cronología; ofrecen la perfección corporal como principal objeto de la vida humana y llevan hasta el vicio la admiración de la forma perfecta. “Pensaron en lo real antes de pensar en la imitación; se interesaron en los cuerpos vivos antes de interesarse en cuerpos simulados; se ocuparon de formar los coros antes de esculpirlos. Siempre el modelo físico o moral precede a la obra que le representa; pero le precede poco, muy de cerca; es preciso que en el momento en que se realice la obra, el modelo esté aún presente en todas las memorias.”
III
“La estatuaria griega no sólo representó a los hombres más hermosos, sino que también esculpió las imágenes de los dioses y, a juicio de todos los antiguos, esos dioses fueron sus obras maestras. Al sentimiento profundo de la perfección corporal y atlética, se añadía en el público y en los maestros, un sentimiento religioso original, una idea del mundo hoy perdida, una manera peculiar de concebir, venerar y adorar las potencias naturales y divinas.”
“Basta leer a Herodoto para ver cuán viva se conservaba aún la fe en la primera mitad del siglo V. No solamente Herodoto es piadoso, devoto hasta el punto de no atreverse a proferir algunos nombres sagrados, a revelar determinadas leyendas, sino que toda la nación mantiene en su culto la gravedad grandiosa y apasionada que contemporáneamente expresan los versos de Esquilo y de Píndaro.” Los dioses están vivo, presentes; hablan, los hombres los ven, como a la Virgen y a los santos en el siglo XIII.
“Nunca terminaría si enumerase los signos de piedad pública; cincuenta años después todavía el pueblo la sentía con fervor.” Estos detalles revelan la persistencia de la antigua fe al mismo tiempo que el advenimiento del pensamiento libre. La nueva sabiduría no destruía la religión: la interpretaba, la conducía nuevamente a su fuente de origen, al sentimiento poético de las fuerzas naturales.
El estudio comparado de las mitologías ha mostrado recientemente que los mitos griegos, afines de los mitos sánscritos, no expresaban en su origen otra cosa que la actividad de las fuerzas naturales, y que el lenguaje fue gradualmente convirtiendo en dioses los elementos y los fenómenos físicos en toda su diversidad, su fecundidad y su belleza.
Cuando un pueblo siente la vida divina de las cosas naturales, distingue fácilmente el fondo natural de donde surgen las personas divinas. En los hermosos siglos de la estatuaria, ese fondo primitivo aun se transparentaba de un modo visible bajo las apariencias de la figura humana y concreta, con que la leyenda lo había traducido. “Para un alma sencilla y sana, un río, sobre todo si es desconocido, es por sí mismo una potencia divina.”
BIBLIOGRAFÍA
La gran mayoría de las citas son extraídas directamente del texto de Taine, de modo que no hago referencia a la misma fuente una y otra vez. Por otro lado, el resto de citas provienen del mismo Taine, así que las transcribo tal como existen en el libro “La Filosofía del Arte”; éstas no las cito a continuación.
Otras fuentes bibliográficas me han sido indispensables para interpretar y clarificar a Taine, aunque esto sin demasiada contradicción, ya que Taine es diáfano en sus planeamientos. Estas ideas son, en definitiva, sentencias de una elaboración generosa y amplia, llevadas hasta el límite del detalle y la ejemplificación.
No ha habido aquí intención de discutir o replantear: es, en líneas generales, el pensamiento de Taine sobre el arte de la estatuaria en Grecia.
- TAINE, HIPÓLITO. LA FILOSOFÍA DEL ARTE. CUARTA PARTE: LA ESCULTURA EN GRECIA. EL ATENEO. BUENOS AIRES.
- GOMBRICH, ERNST HANS. THE STORY OF ART. THE REALM OF BEAUTY. PHAIDON. BRITISH LIBRARY.
- HAUSER, ARNOLD. HISTORIA SOCIOLÓGICA DE LA LITERATURA Y DEL ARTE. TOMO I. BUENOS AIRES.